No vivimos tiempos propicios para la lírica. Vuelven tiempos donde la épica rompe fronteras. La violencia en su máximo extremo, la agresión física, es notoria y casi habitual en nuestros días. Lo vemos incluso en los telediarios, en los que todo acto belicoso, accidentes o asesinatos ocupan cabeceras —la tragedia siempre ha atraído con fuerza morbosa—. Estamos viendo incluso, como una espiral in crescendo que se vienen dando agresiones físicas hasta en los centros sanitarios.
¿A qué se debe? Muchas son las causas interrelacionadas. La primera sin duda es la falta de civismo en nuestra sociedad, en donde la educación siempre ha ocupado un rango secundario en los programas políticos. Grave error. De generaciones en las que todo estaba prohibido al momento actual en el que la permisividad obliga incluso a proteger al maestro con un policía. Esta falta de educación cívica conlleva falsas creencias en el paciente que enfrenta sus derechos a una correcta prestación, con los derechos y respeto al profesional sanitario ajeno a toda culpa. Esta explicación se relaciona con la falta de respeto, ya no al profesional, sino a las instituciones, y aquí tenemos que volver a la política, aquellas políticas que desprestigian a las instituciones del Estado.
Pero ciñéndonos al tema de violencia en el ámbito sanitario, y sin olvidar que detrás de un violento puede haber una grave patología psiquiátrica, hay una razón que constantemente se manifiesta y que se titula: sobrecarga de trabajo que genera largas listas de espera y demoras en la asistencia, incluso de enfermedades graves. Quizás sea la principal causa —desesperación y frustración—, mezclada con incertidumbre, que van de la mano de que se destape el violento que llevamos dentro. El sistema debe velar por proteger al profesional en todo momento, adecuando las necesidades de personal que deberá ser paralelo al incremento de una población cada vez más senil y a nuevas terapias que multiplican la frecuentación sanitaria.