La madre llegó de primera al turismo e intentó reanimar a su hijo pequeño
09 jul 2023 . Actualizado a las 16:46 h.Fueron los 200 metros más largos de su vida, y los que más rápido completó. Desde su puesto de trabajo hasta la explanada donde seis horas antes había aparcado su Peugeot 308 familiar. Eran las 15.45 horas del jueves y el turismo llevaba expuesto al sol desde poco antes de las diez de la mañana. El instinto materno y la angustia de saber qué se encontraría en los asientos traseros del vehículo impulsaron cada zancada de la madre hasta el párking. No atendió a razón, ni a las voces de sus compañeros de trabajo que no entendían qué ocurría y le preguntaban alarmados por la zozobra que transmitía. Tampoco fichó al salir por la puerta principal del edificio. Llegó, abrió el turismo de color blanco, sintió emanar el calor y se topó con su pequeño.
No respondía, le dio igual. El instinto materno brotó nuevamente. Intentó reanimarlo hasta que aceptó la realidad más dura de su vida. No había remedio, su pequeño había fallecido en algún momento de las últimas seis horas. La consecuencia de un fatal despiste que conlleva un dolor imposible de medir. Ella, su marido y el hijo mayor, desde el jueves, lo adolecen en la intimidad familiar, con ayuda de especialistas en atención psicológica. Primero, para aceptar lo ocurrido; superarlo, esperan en su círculo de allegados, quizá llegue en algún momento.
Una compañera de trabajo y el vigilante jurado del aparcamiento de la empresa son los únicos testigos del intento sin éxito de reanimar al pequeño que en otoño habría cumplido tres años. También de cómo su madre se derrumbó, consciente de la pérdida de su retoño y del origen del fallecimiento. Compañera y vigilante reaccionaron con agilidad para alertar al 112 Galicia y a los responsable de la empresa. También fueron los primeros salvavidas emocionales a los que pudo agarrarse la madre, a los pies del coche, consciente de la cronología de lo ocurrido. Tal vez porque el niño iba dormido y no hacía ruido, salió de casa por la mañana con él. Eran poco más de 9 de la mañana. Ella lo sentó en la silla de seguridad instalada en la parte trasera, abrochó los cinturones, se puso al volante y de manera mecánica, pensando en el día que tenía por delante, se dirigió a su puesto de trabajo dejando atrás el camino que lleva a la guardería. El destino de cada mañana antes de dirigirse a la compañía farmacéutica para la que trabaja.
Llegó a su destino y aparcó. El niño seguía sin emitir sonidos, tal vez dormido, tal vez absorto mirando por la ventana. La progenitora se apeó, cerró la puerta (tiene cierre centralizado), y se dirigió a su mesa de trabajo. Tal vez la espera una reunión, correos electrónicos a los que responder con urgencia, otras tantas llamadas de teléfono pendientes que no podían demorarse... Solo la llamada de su marido, poco antes de las cuatro de la tarde, la hicieron entrar en pánico. Fue oír el nombre del pequeño y se disparó el pistoletazo que dio inicio a los 200 metros más rápidos que corrió en sus cuarenta años.
Luto generalizado
La noticia de la defunción conmocionó a cada vecino de O Porriño, un ayuntamiento de apenas 20.000 habitantes. El mal cuerpo seguía imperando al día siguiente. No ese hablaba de otro tema en terrazas y corrillos. En el portal del céntrico edificio donde reside la familia desde hace más de cinco años predominaba el silencio. Solo un vecino, cargando con las bolsas de la compra en la mano, reconocía seguir sin creerse lo ocurrido. «Estamos paralizados, ¡pero si esos padres viven por y para sus hijos! Qué jodida es la vida, a una amiga de mi pareja le pasó lo mismo hace años en Portugal...».
Las banderas del Ayuntamiento lucían a media hasta el viernes a primera hora. Era el primero de los tres días de luto decretados. Una imagen que chocaba con la decoración de las calles anexas. Puestos de venta de artesanía y comida, junto a banderines medievales y de la época romana invitaban a viajar en el tiempo. El atrezo llevaba días instalado con motivo de una fiesta estival con siete años de antigüedad: Porrigalia, una versión lúdica y simpática de juegos olímpicos en la que concurren romanos, castrexos, griegos o egipcios. Tres días de festejos y buen ambiente que nadie estaba con ánimo para consumar. La corporación municipal y los hosteleros acordaron por unanimidad aplazar Porrigalia.
Centenares de vecinos se sumaron el viernes a mediodía al minuto de silencio guardado a los pies del Ayuntamiento. El alcalde, Alejandro Lorenzo, lo presidió. Luego, como pudo, ojeroso, ofició una boda civil. Al acabar, en su despachó, explicaba: «Nadie se opuso al aplazamiento de la fiesta, pese al perjuicio que supone algo así para la economía local. Es uno de los fines de semana importantes del verano. El pueblo se ha volcado... ¿Cómo no hacerlo? Da igual que sean de O Porriño o vivan aquí sin tener lazos familiares, son vecinos y eso basta para solidarizarse y mostrarles todo nuestro apoyo».
Hoy domingo acaban los tres días de luto. Mañana, al ralentí, se espera recuperar la normalidad. Empiezan dos días de fiestas locales en honor de San Benito. La vida sigue en O Porriño con el recuerdo de lo ocurrido por un fatal despiste y la voluntad de ayudar a los padres del pequeño fallecido.