Lo que esconde el negocio de la prostitución: «La madama puede ganar 200.000 euros en un mes»
GALICIA
Un grupo de mujeres prostituidas habla de su día a día: «Nos vemos obligadas a drogarnos, nada compensa lo que vivimos»
07 ene 2022 . Actualizado a las 05:00 h.Desde fuera parece un piso normal. La inmensa mayoría de los viandantes que pasean por el centro de la ciudad de Lugo no se percatan de que pasan frente a un bloque de viviendas en el que prostituyen a mujeres. Sin embargo, basta con fijar la vista para ver algunos detalles, esos que conocen bien los vecinos, que miran hacia otro lado o se acostumbran a vivir en una calle transitada y, simplemente, pasan de largo. Varias capas de cortinas impiden divisar lo que alberga el interior de las estancias que tienen ventanas hacia el exterior. Dentro, una luz tenue invade el ambiente, con un olor profundo que penetra en la ropa y atraviesa la mascarilla. Lo explica Carla, una catalana que llegó a Lugo con ganas de encauzar su vida y vio cómo esta se derrumbó por las decisiones que se vio obligada a tomar. Ella nos transporta por completo a este lugar, que no dista de otros cientos de pisos de prostitución esparcidos por toda la comunidad. No hay cifras oficiales sobre cuántos hay en Galicia ni en España.
La madama que regenta el establecimiento pasa las noches dentro, hablando con los clientes, dispensando cocaína, tabaco y alcohol. Ella es la encargada de hacer los cobros y se queda con el 50 %. «La peor noche de todas, se queda con 3.000 euros. Los mejores meses, con más de 200.000», asegura Carla.
Los días transcurren en silencio, ya que aunque el horario es de 24 horas, la mayor parte de los clientes llegan cuando menos luz hay. Una mujer se encarga de realizar las tareas diarias y supervisar la limpieza de las habitaciones. «Intenta fingir que es nuestra madre, pero en realidad solo quiere que estemos siempre listas por si llega un cliente», dice otra mujer prostituida, que aún reside y trabaja en el corazón de la ciudad amurallada. Cuando tienen la regla usan una esponja que absorbe buena parte de la sangre. Ambas recuerdan la frase más habitual de la madama para estos casos: «Si vienen, hay que atenderlos igual. A ellos no les importa nuestra debilidad».
«Les gusta ver el pánico»
Carla no sabe qué hora es. Se despierta desorientada por el ruido del timbre. Entonces empieza a sentir los efectos de la cocaína, del alcohol, de las pastillas para dormir y de la brutalidad de su último cliente. «Somos suyas. Nos dejamos. Yo a veces cerraba los ojos y seguía fingiendo. Pero te piden que los abras. Les gusta ver el pánico», cuenta Carla.
En estos pisos, la inmensa mayoría de las mujeres se drogan para sobrevivir. Duermen en literas, apiladas como muebles. Es la opción más económica, ya que buena parte de ellas pretenden salir del mundillo antes de los 30 con unos ahorros. Sin embargo, la realidad es muy distinta y se dan cuenta tarde de que la elección no es libre. «Nada compensa lo que allí vivimos», dice Carla. Su testimonio lo contrarresta una de sus excompañeras, que defiende una «decisión personal». Pero Carla le espeta en la cara un «no te engañes. Lo dejamos si podemos, si tenemos la oportunidad y si podemos vivir dignamente de otra cosa. Yo llegué a Lugo y tuve que dejar mi DNI, sabían dónde vivían mis padres y que ellos no tenían ni idea de que me prostituía. Juegan muchas cartas y siempre ganan la partida», añade.
La cartera de precios varía en función del piso. Una hora de sexo cuesta entre 25 y 200 euros. Todo según las directrices de cada local. «Menos de 100 euros es inadmisible», asegura Carla. Las cantidades suben al hablar de «servicios especiales», que incluyen todo aquello «que le guste al cliente». Desde sado a sexo anal. Y todo sin usar preservativo. «Aquí podemos hablar de 1.500 euros», cuenta ella. Las jóvenes se quedan, teóricamente, con la mitad del dinero, aunque dicen que la mayor parte de las veces no es así. Propinas, joyas, flores... «nada contrarresta lo que nos hacen», asegura Carla. Ahora, lejos de Lugo, empieza su vida. Fuera de un mundo que, ella misma dice: «Me quitó las ganas de vivir y me hizo ser otra persona».