Abandono en el Titanic

GALICIA

Pilar Canicoba

30 ene 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Se atribuye a José María García la expresión «ni una mala palabra ni una buena acción». Según los historiadores de la radio deportiva, la utilizó en referencia a Emilio Butragueño, un delantero al que el locutor achacaba una cierta indolencia combinada con una educación exquisita en su forma de hablar. Tenía además el futbolista el don de la oportunidad. Aunque no sudaba demasiado la camiseta, estaba en el sitio oportuno en el momento justo para empujar el balón a la red. Como Salvador Illa, el ministro que traspasa Pedro Sánchez. Imposible recordar una sola salida de tono en su etapa sanitaria ni tampoco una actuación destacada; simplemente estaba ahí.

Ahí estaba cuando en el casting ministerial se requería un catalán versátil que tanto valiera para Sanidad como para Agricultura o Asuntos Exteriores. Un filósofo como él es por definición un amante de la sabiduría y hay sabiduría en cualquier cartera. Ahí está de nuevo cuando se necesita resucitar al maltrecho socialismo catalán. Y ahí seguirá estando en el futuro si se precisa un comisario europeo de cualquier cosa o un embajador en cualquier destino. Es el político nómada, el Mr. Chance cuya parquedad se interpretaba en la película como agudeza propia del estadista.

La filosofía del ya exministro es muy sencilla y tiene una base más liberal que socialista: laissez faire, laissez passer. Los problemas que se encuentra en el cargo son catalogados en dos grupos: los irresolubles y los disolubles. Como unos son crónicos y los otros se van desgastando con el tiempo, no se precisa intervención humana. Por si quedaban algunos al margen de esta clasificación, Illa los transformó en delegables. Los troceó en diecisiete porciones para así convertirse en un ministro que reina pero no gobierna, con una gestión que se limita a glosar los datos y exhibir una expresión entre la pena y la sorpresa. ¿Cómo explicar entonces que Tezanos lo sitúe como favorito de los catalanes? Es todo un síntoma de la decadencia de la política en la otra esquina de la península. Tan lastimoso es allí el Gobierno y tan esperpénticos los gobernantes que el candidato es visto como un mesías, un «salvador» por el solo hecho de tener un ademán sosegado.