Sánchez cree que el lujo le sienta muy bien

Considera que hacer ostentación de los símbolos del poder oculta su debilidad, refuerza su liderazgo y no tiene coste político

Pedro Sánchez, en el Falcon
Pedro Sánchez, en el Falcon

Madrid / La Voz

«Tengo a la gente más leal. ¿Alguna vez habéis visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes». El 26 de enero del 2016, siendo aún precandidato republicano a la presidencia, Donald Trump expresó con este mensaje, formulado en su troglodítico lenguaje habitual, su confianza absoluta en que las críticas de sus adversarios a sus excesos no solo no le perjudicaban, sino que lo reforzaban, porque lo que sus partidarios querían ver por encima de todo era un líder poderoso que no se arruga ante los ataques externos. Aunque sus propios estrategas le recomendaron no meterse en más líos y ofrecer una imagen de mayor modestia política, Trump siguió a lo suyo y diez meses después se convirtió en presidente de Estados Unidos.

Por alguna extraña razón, los asesores de Pedro Sánchez parecen convencidos de que la mejor manera de contrarrestar la imagen de debilidad de un presidente que solo cuenta con 84 diputados, y que para aprobar cualquier propuesta necesita sumar más escaños de los que él mismo dispone, en concreto otros 92, es presentarse también como una especie de macho alfa que no le teme a nada. Reforzar su imagen presidencial mostrando sin complejos el uso y abuso de todos los privilegios que otorga el poder. No es casual que Sánchez haya hecho de la utilización del avión o el helicóptero para sus desplazamientos oficiales y privados una imagen de marca. Que se haga retratar constantemente en el palacio de la Moncloa. Que busque permanentemente fotos con líderes internacionales asistiendo a todo tipo de cumbres acompañado de su esposa o que escoja para pasar las vacaciones navideñas con toda su familia en la suntuosa residencia real de La Mareta, en Lanzarote, ordenando además que se trasladaran allí previamente varias obras de arte del Palacio Real de Madrid y se invirtieran 33.436 euros en mejorar las instalaciones.

Sánchez se sabe débil, pero se presenta como un presidente total y sin complejos, a lo Macron, para evitar a toda costa la imagen de ser un presidente accidental que llegó a la Moncloa por el rechazo de una mayoría parlamentaria a Rajoy, y no porque ganara unas elecciones. Cree que investirse abusivamente con los símbolos del poder no le perjudica, sino que lo refuerza como líder. Necesita demostrar cada día que es el presidente del Gobierno. Y de ahí también que se plantee retos que exceden con mucho su capacidad parlamentaria, que se arriesgue a un acercamiento al independentismo catalán o que utilice el CIS como una agencia de propaganda, convencido de que nada de eso le pasa factura.

Las elecciones andaluzas han sido, sin embargo, un serio aviso de que, al contrario que a Trump, el votante socialista no se lo permite todo, pese a su leyenda de ser el renacido. De ahí que, ante la alarma de los barones por el batacazo andaluz, Sánchez pretenda cambiar ahora el paso y evitar a toda costa que Cataluña centre el debate político, porque se ha demostrado que eso beneficia a la derecha, y se prepare para presentar un ambicioso programa de reformas económicas. Ahí, y no dándose chapuzones en La Mareta, es donde lo quiere ver el votante socialista.

El PSOE da por segura la salida de Borrell del Gobierno

Josep Borrell tiene un patrimonio de 2,77 millones de euros amasados en una carrera no exenta de polémica en la empresa privada. Probablemente ganaría más dinero si no hubiera regresado a la política. Descartado pues el móvil económico, resulta difícil comprender qué hace alguien que ha desmontado todas las mentiras del secesionismo en una obra brillante en un Gobierno que dice que hay un «conflicto sobre el futuro de Cataluña» y que se compromete a dar «una respuesta democrática a las demandas de la ciudadanía de Cataluña», ignorando así a todos los que no son independentistas. En el PSOE se da ya casi por segura su salida del Gobierno aprovechando las elecciones de mayo.

Vox no ha entendido por qué le votan 400.000 andaluces

La fulgurante irrupción de Vox como un actor principal de la política española es un fenómeno que mantiene desconcertados a los propios dirigentes del partido de Santiago Abascal, que parecen no haberlo entendido. Empeñarse en situar como prioridad la modificación de la ley de violencia de género es un error mayúsculo que puede acabar pinchando pronto el globo. Si 400.000 andaluces los han votado no es porque vean al hombre discriminado frente a la mujer, sino porque están hartos de ser humillados por el independentismo catalán y quieren que el Estado actúe con mayor firmeza contra ellos de la que lo han hecho el PP y el PSOE. Si abandonan esa prioridad, su eclosión política puede ser efímera.

Tezanos se hace famoso a costa de desprestigiar al CIS

Fernando Vallespín, Belén Barreiro, Ramón Ramos, Félix Requena y Cristóbal Torres. A la mayoría de ustedes, esos nombres no les sugiere nada. Se trata de los cinco presidentes del CIS que precedieron a José Félix Tezanos. Prácticamente unos desconocidos para el gran público, lo que demuestra que su trabajo, más allá de su acierto en la predicción, se basó en el rigor científico, y no en servir a una causa política. Tezanos, que llegó al cargo directamente desde la ejecutiva del PSOE, es hoy, sin embargo, más conocido que muchos ministros. Algo que basta para demostrar que con sus cuestionados métodos y su afán de protagonismo ha destruido la imagen de imparcialidad del centro demoscópico.

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