La vida en prisión de dos asesinos

El Chicle mató a Diana Quer y Oubel a sus dos hijas. Ambos están en prisión en León: Abuín Gey socializó rápido en su módulo de presos fáciles, el parricida hace tiempo que no habla


VIGO / LA VOZ

7.45 horas: encienden luces, ducha y desayuno. 20.45: cierran el portalón de las celdas, jergón y otra vez penumbra. Posiblemente entre pesadillas, motivos sobran. Trece horas al día en pie, habitualmente en chándal, para recordar los delitos que mancharon sus manos para siempre. Son presos de la cárcel de Villahierro, en Mansilla de las Mulas (León), y ocupan dos de las 1.205 celdas repartidas en 14 módulos. Sus nombres no pasan desapercibidos entre la población reclusa de ninguna cárcel española: Enrique Abuín Gey, el Chicle, autor confeso del crimen de Diana Quer en Barbanza, acusado de violar a su excuñada y de intentar raptar a una tercera chica para violarla. También cumple condena firme por narcotráfico. David Oubel Renedo, parricida de Moraña, mató a sus dos hijas, de 4 y 9 años de edad, con una radial y fue el primer sentenciado a prisión permanente revisable.

Abuín, revela un funcionario, «intenta pasar desapercibido, pero le delata su condición de buscavidas y delincuente habitual». Ingresó en la cárcel de Villahierro el pasado 27 de septiembre. El módulo de enfermería fue su primer destino, igual que en Teixeiro y A Lama previamente, para evitar represalias de otros presos que le acusan de chivarse de sus exsocios en el negocio de la coca. «Ahora está en un módulo de respeto, con presos nada conflictivos ni violentos. Alejado de narcos u otros internos agresivos que sí querrían engancharlo para ajustar cuentas». Sus compañeros en el día a día incluso socializan con los funcionarios: «Cumplen por delitos como haber matado a alguien por conducir borracho o por reincidencia en otros delitos que no implican sangre. Los propios internos gestionan y autogobiernan parte de sus actividades y tiempo. Hasta debaten sobre qué hacen bien o mal para mejorar la convivencia».

El módulo de respeto de Villahierro fue pionero en España. «Los internos tienen que estar dispuestos a formar parte del programa realizando una serie de actividades y manteniendo normas de conducta establecidas. El que no cumpla será expulsado». Una vida entre rejas aparentemente cómoda a la que el Chicle se adaptó rápido empatizando con los otros reos. «Sabe moverse y supo hacerse con la plaza. Ya le conocían todos de salir en periódicos, radios y televisiones». Un sexto sentido para brujulear entre reclusos que ya le funcionó en A Lama, donde también puso de manifiesto su frialdad y astucia escribiendo cartas de su puño y letra. Abuín se valió del correo postal para, descartando cualquier síntoma de arrepentimiento, implicar a su exmujer en el crimen o para asegurar a sus padres que en siete años estaría fuera, dando por hecho que no se probará la agresión sexual a Diana y que será condenado por homicidio, no por asesinato.

«Lo más curioso de Abuín, con tres acusaciones pendientes por agresión sexual y un crimen confesado, es que no se someta a un programa especial de rehabilitación para personas que puedan sufrir patologías o tener trastornos de tipo sexual que los hacen actuar así», explica el funcionario antes de añadir: «Lo que sí tienen son actividades en talleres ocupacionales, aula de informática, pistas deportivas o piscina». La situación de Abuín Gey, que aún no está condenado por delito sexual, es común a otros presos sí sentenciados a prisión permanente revisable que, en diferentes cárceles, tampoco se someten a tratamientos concretos. «El problema es que su aplicación es voluntaria y si el preso no quiere, nada puede hacerse», aclaran en Villahierro.

Doblemente aislado

El parricida de Moraña cumple su segunda etapa en el penal leonés. David Oubel llegó en agosto del 2015. Entonces, al ser preguntado, no tenía reparo en hablar del crimen de sus hijas: «Siempre contaba que antes de matarlas tomó muchas pastillas al enterarse de la infidelidad de su mujer». Incluso empezó a estudiar Derecho y se mostraba colaborador con los funcionarios. Tanto que se creyó con derecho a cobrar por ello. Solicitó formalmente ser ordenanza del módulo de enfermería, que implica una paga, pero un informe firmado por personal sanitario frenó sus pretensiones. «Llamaba la atención que para dormir, después de lo ocurrido, no necesitase ningún medicamento. Nunca los pidió». Una estancia en el penal de A Lama durante la celebración del juicio fue el precedente de su regreso definitivo, en julio del 2017, a Mansilla. Pero ya nada era igual. El juicio y la consiguiente exposición pública compareciendo por el doble crimen derivaron en la primera condena a prisión permanente revisable. Tal vez ahí empezó a ser consciente de lo ocurrido.

«Está en el peor módulo de la cárcel, con los considerados presos más peligrosos. Es, concretamente, uno de aislamiento, pero él se aísla todavía más. No habla con nadie, ni presos ni funcionarios. Es una persona rara y muy especial», detalla un trabajador de Villahierro que considera a Oubel capaz de diferenciar perfectamente entre el bien y el mal. «En el caso de este gallego tampoco se aplica ningún tratamiento de rehabilitación de las patologías que pueda sufrir. Vive en otro mundo, el suyo. Él y otros que hicieron barbaridades como él no se someten a estos controles, por lo que el cumplimiento de condena no implica necesariamente que el preso regrese a la calle con garantías de no reincidir», denuncian en la Asociación de Funcionarios de Prisiones Unidos (FPU).

La situación de Abuín y Oubel no es ajena a la de otros reos. En la misma cárcel de León está cumpliendo también Félix Vidal Anido, conocido como el violador del estilete. En más prisiones españolas residen los otros cuatro condenados, por ahora, a prisión permanente revisable y decenas de depredadores sexuales. Para todos se reclaman mejores controles durante su estancia en prisión. Incluso, una vez cumplida la condena, se podría aplicar una sentencia de libertad vigilada, explican en vigilancia penitenciaria de la Audiencia Nacional, que cifran en 52 los fallos que actualmente obligan a cumplir estas medidas. «Lo que resulta evidente es que esto es una fórmula para la que habrá que esperar unos años hasta conocer su éxito o su fracaso». También se plantea la necesidad urgente de acompañar condenas ejemplares, como la prisión permanente revisable, con planes reales y prácticos que se puedan aplicar para que los reclusos que lo necesiten convivan nuevamente en sociedad.

Oubel, al menos, tendrá tiempo de comprobar los cambios que se plantean desde la judicatura, el Gobierno y los funcionarios para acompasar las condenas y los programas de rehabilitación. En el caso de Abuín Gey, con tres acusaciones formales por agresión sexual y un crimen confesado cuyo cadáver ocultó 500 días en un pozo, está por ver qué condena recibirá una vez celebrados los juicios. Él, por ahora, se muestra tranquilo defendiendo su inocencia, consciente de la dificultad que implica probar las tres agresiones que arrastra en otros tantos juzgados. Quizá por eso el padre de Diana Quer no se cansa de repetir lo «difícil que resulta hacer justicia para honrar el nombre de chicas jóvenes que caen en manos de depredadores».

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