Un hombre pasa cuatro días en prisión tras confundir los agentes de Alvedro una crema que llevaba con droga
22 nov 2018 . Actualizado a las 10:51 h.Pónganse en la piel de un hombre que regresa a casa tras unas vacaciones en la República Dominicana con un ungüento para dolores musculares en la maleta y termina en prisión porque los agentes del aeropuerto confunden la crema con droga. Cuatro días permaneció recluido en la prisión de Teixeiro. Fue el tiempo que tardó el laboratorio policial en analizar la sustancia y percatarse del grave error. No era base de coca, era una crema para aliviar los dolores de cuello y espalda.
Todo esto le ocurrió a un reputado cocinero dominicano que trabaja en A Coruña desde hace cuatro años. Decir que lo que le pasó fue «un infierno» es poco. Este hombre que se disputan algunos de los mejores restaurantes de la ciudad viajó a su país en agosto para visitar a su familia. Antes de regresar a España compró en una farmacia un bote de Friccilicont, una de las marcas de cremas para aliviar los dolores musculares que se venden en aquel país. El cocinero, que también es ingeniero electromecánico, metió el medicamento en la maleta y la facturó. Cuando aterrizó en el aeropuerto de Alvedro, dos agentes de la Guardia Civil se presentaron frente a él y le pidieron que les abriese la valija. Cogieron el ungüento y lo pasaron por el narcotest, un aparato que detecta sustancias prohibidas y que dio resultado positivo «en una sustancia indeterminada que podría ser un compuesto de cocaína». Habló la máquina y a él no le «quisieron ni escuchar».
Recuerda que se volvió como loco intentando convencer a los agentes de que aquello no era droga ni nada parecido, que se trataba de un medicamento muy utilizado en su país para los dolores musculares y que él los sufre desde hace tiempo por estar tantas horas de pie frente a los fogones. «Pedía que con solo meter su nombre en Internet se darían cuenta del error, pero nada, no me creían y me esposaron».
Sin antecedentes
Jamás había tenido problema alguno con la policía o con los jueces, y aquello lo «derrumbó». Dice que aquella noche que pasó en los calabozos no hizo más que llorar, que implorar por su inocencia. «A veces me animaba el pensar que al día siguiente, frente al juez, se aclararía todo», explica. Pero nada se aclaró. Peor que eso, fue enviado a prisión sin fianza como autor de un delito contra la salud pública.
Asistido por una abogada de oficio, recuerda que lo que les había intentado explicar la víspera a los agentes lo repitió frente al juez. Pero por encima de su palabra estaba el informe policial con los resultados del narcotest, así que de nada le sirvió implorar. Lo metieron en un furgón y lo trasladaron a la prisión de Teixeiro.
«Usted no se imagina lo que llega a sentir uno ante una impotencia semejante. Verse en una cárcel es algo que no se lo deseo ni al mayor de los enemigos», recuerda. Fueron los peores días de su vida. Pese a no tener problema alguno con otros reclusos, se venía todavía más abajo cada vez que explicaba su caso y le daban muy pocas esperanzas de un arreglo rápido. «Me decían que, como mínimo, y hasta que todo se aclarase, estaría encerrado unos seis meses. Imagínese que alguien le dice eso. ¿Cómo se sentiría? Me pasaba el día llorando», dice.
Algo tenía que hacer, «y rápido», para salir de allí. Contrató los servicios de un abogado, el penalista Rubén Veiga, del despacho de Ramón Sierra, y le pidió que lo sacara de allí y que demostrase su inocencia. El letrado exigió un contraanálisis, algo que suele tardar semanas o incluso meses. Pero no todo iban a ser desgracias, y tuvo suerte. En cuatro días el laboratorio policial se percató del error. El narcotest había fallado. Efectivamente, el cocinero tenía razón. Aquello que traía no colocaba, solo aliviaba dolores musculares.
Aunque «dolido y desesperado», aquello fue «una gran alegría». Que duró poco, pues al presentarse en su puesto de trabajo sintió que desconfiaban de su palabra y terminó en la calle. Menos mal que a este hombre -no quiere dar su verdadera identidad: «Hay gente por ahí que incluso hoy duda de mi inocencia»- se lo rifan en los restaurantes y a los dos días ya estaba trabajando en otro, donde continúa.
Indemnización
Pese a que todo quedó aclarado y su caso se archivó, nadie le pidió perdón ni de dio explicaciones, lamenta. «Fue mucho lo que sufrí y sigo sufriendo. Aquello me desestabilizó emocionalmente», cuenta. Y no está dispuesto a dejarlo pasar, por eso le encargó a su abogado que presente una demanda contra la Administración. «No sé cómo me van a resarcir ni qué voy a pedir. No hay dinero en el mundo que te compense por lo que he pasado», afirma. Se pregunta cuánto puede costar pasar una noche en un calabozo y cuatro días en una cárcel siendo totalmente inocente. «Nada me va a reconfortar, pero esto que me han hecho no lo puedo dejar pasar. Pelearé aunque solo sea para escuchar un perdón», dice.