«La droga mató a la mitad de mis amigos»

Personas que dejaron las drogas o siguen siendo adictas cuentan su experiencia

«La droga mató a la mitad de mis amigos» José Manuel, cambadés residente en Pontevedra, sobrevivió a la lacra que marcó una época. Así recuerda a la «generación perdida» de amigos que dejó en el camino. A los narcos, nada les reprocha: «Drogarse é cousa de cada un».

redacción / la voz

La droga ha dejado una estela de sufrimiento en la sociedad gallega que se arrastra desde los años ochenta. Este es el testimonio de algunos supervivientes, que en algunos casos lograron dejar su adicción después de largos años de autodestrucción. 

José Manuel Álvarez

«Eu descargaba fardos. Despois engancheime eu a esa merda» . José Manuel Álvarez, Sete, se pelea con la vida desde hace más de dos décadas en Pontevedra. Vive dentro de un coche destartalado, en un descampado. Antes lo hizo en un galpón y también en la calle. En realidad, es de Cambados. Pero su pueblo no le trae buenos recuerdos. Dice que era un niño, que tendría ocho o nueve años, cuando empezó a descargar fardos, tanto en tierra como a bordo de lanchas. Se le pregunta si eran de tabaco. «Eu descargaba fardos, o que había dentro non era cousa miña. Despois engancheime eu a esa merda». Los recuerdos los tiene nítidos. Habla del día en el que la a Guardia Civil «acribillou a tiros» el coche en el que iban a una descarga, y asegura que trabajó para casi todos los grandes del narcotráfico, pero puntualiza: «Drogarse é culpa de cada un», insiste.

Luego, recuerda lo que para él fue el principio del fin. Corrían principios de los ochenta. Con el dinero de las descargas caliente en el bolsillo, una noche cualquiera, probó «aquela cousa que se metía todo o mundo». No se atrevió a pincharse. Pero fumó caballo y cabalgó para siempre hacia otros mundos. Entró en prisión en distintas ocasiones y por variopintos delitos -llegó a pasar seis años en el penal de A Parda-, cortó con la familia, vio morir a casi todos los compañeros de andanzas, se quedó en la calle... La cosa no sigue mucho mejor. Come y cena cada día en comedores sociales, dice que se mete metadona de cuando en vez «e algunha outra cousa nas festas» con las perras que saca aparcando coches y, cuando cae la noche, un vehículo cochambroso le espera para hacer de catre. No se queja ni aparenta importarle el futuro. O sí. Porque no se inmuta narrando una vida al filo de la navaja.

Pero hay algo que hace que su voz se entrecorte. Ocurre al hablar de una mujer de 18 años, aunque él se refiere a ella como «a cría». Es su hija. «Espero que vaia por outro lado, oxalá non vaia coma min», implora con la mirada hundida. 

Enrique Moreiras

«Si no fuera por mis hijas no estaría ahora aquí». El ourensano Enrique Moreiras tenía 14 años cuando tuvo su primer contacto con el hachís y las anfetaminas. Era 1977 y afirma que entonces resultaba bastante fácil hacerse con estas sustancias en Ourense. «Era el bum. Acababa de morir Franco y mi hermano y yo y otros amigos sentimos una gran liberación», relata. Un año más tarde, añadió el LSD y el alcohol y, con 16, se pasó a la cocaína y la heroína. «Mis padres vivieron esto con mucho sufrimiento e incomprensión. No sabían qué hacer. Éramos muy gamberros y tuvimos problemas con la Justicia...». Con 27 años sufrió el peor golpe de su vida: su hermano moría de sida. Fue un punto de inflexión. «En ese momento me di cuenta del gran problema que tenía», dice. Y comenzó a buscar una salida y probó con varias terapias que no hicieron cambiar nada. «Una parte de mí veía que estaba arruinando mi vida, la de mis padres, la de mi mujer y la de mis hijas. Pero había una fuerza interior dentro que no me dejaba. El consumo de heroína era incompatible con cualquier modo de vida normal. Llegué a estar a las puertas de la muerte y pensé varias veces en suicidarme, pero no tuve valor», explica. Y recuerda apenado: «La droga mató a la mitad de mis amigos».

Enrique Moreiras tiene en la actualidad 54 años y lleva 20 sin consumir. «Si no fuera por mis hijas y por todas las personas que me quieren no estaría ahora aquí», dice. Y fue una terapia con cuarzo la que cambió su vida. La misma que ahora utiliza en el centro terapéutico A Chaira de Amoroz de Celanova, con otros drogodependientes. «Las personas que acaban enganchadas suelen ser hipersensibles. Hay algo dentro, en el disco duro, que te lleva a buscar alternativas. Suele haber mucho dolor», afirma.

R. V. R.

«Eu quería saír porque vía que estaba estragando a vida». La historia de R.V.R., vecino de Ribeira, pudo ser una de las que se vieron truncadas cuando la heroína irrumpió con fuerza en la ría de Arousa llevándose por delante a decenas de jóvenes. Pero él logró enderezar el rumbo y, aunque tardó años en salir del agujero de las drogas en el que se había metido con apenas 17 o 18 años, lo consiguió. Reconoce que no fue fácil, y que solo su determinación por dejar de consumir lo hizo posible. «Chega un punto que dis que así non podes estar, pero ten que saír dun, mentres ti non te propoñas en serio que o queres deixar, non podes. Por moito que che digan e por moi mal que esteas».

Como le ocurrió a otros muchos, las drogas llegaron a su vida por casualidad y sin ser consciente del riesgo: «Meu pai tiña un barco e metiamos a unha xente para ir ao mar con nós. Eles xa consumían e así foi como empecei, con porros e heroína, daquela era o que había, estaba todo infectado». Como trabajaba, tenía dinero, así que nunca tuvo problema para pillar. Así, poco a poco, fue cayendo en una dinámica de la que no lograba salir. «Nesa época non sabías nada das drogas, e despois viñeron as mortes... Eu deixaba e volvía caer, estaba coa mesma xente e non había maneira de romper esa rutina», cuenta. Dejó la pesca de bajura para embarcar y mientras estaba fuera no consumía, «por iso non castiguei tanto o corpo, mentres andaba a navegar non estaba por aquí tirado. Tampouco fun moi avarento coas drogas, tomaba o que necesitaba, pero hai xente que se ten cartos consume seguido».

Primero dejó la heroína, pero simultaneaba la metadona con la cocaína. Hasta que un día decidió dejarlo, en parte por su situación familiar. Vivía con su padre y con su madre enferma de alzhéimer, así que le necesitaban para cuidarla: «Eu quería saír porque vía que estaba estragando a vida e aínda agora me pesa moito». El punto de inflexión definitivo para que lleve diez años completamente limpio tiene nombre propio: «A miña filla deume a vida»

Ana

«Llegué a tener directores de bancos a la puerta de mi casa». «Fui de una familia bien que pudo mandarme a la Complutense a finales de los años 70. Allí, cuando la movida de Madrid explotaba por todas las esquinas, conocí algo que me arruinó mi vida: el caballo (la heroína). Aún así, soy una gran afortunada porque logré desengancharme y... ¡Vivo!. Decenas de amigos míos murieron con una jeringuilla clavada en el brazo». Quien esto cuenta es una lucense que va camino de los sesenta años y que solo acepta que se le ponga Ana como nombre ficticio. Rechaza que le hagan fotos. Actualmente tiene tres hijos y se ocupa de un negocio.

Durante más de quince años estuvo enganchada. Primero a la heroína y después llegó la cocaína. Sabe que dilapidó una auténtica fortuna. «Llegué a tener a directores de banco a las puertas de mi casa esperándome. Le quité dinero a mi abuela, a mis padres, a mis amigos... Estuve a punto de ser detenida no solo una vez sino cuatro, cinco, no sé... Todo lo que conseguía era poco para meterlo en caballo. Hubo días que posiblemente me puliese en una noche cien mil pesetas, 600 euros de hoy. Era mucho dinero entonces», cuenta.

Los escarceos con la droga y la movida nocturna madrileña le impactaron de lleno cuando estaba en el último curso de carrera. Aún así aprobó sin problemas. «Me considero inteligente. Hice prácticas en las mejores empresas y en alguna me ofrecieron contratarme indefinidamente. Hubiera solucionado mi vida laboral, pero la droga lo echó todo por tierra. Hubo momentos en los que exigía a algún compañero de trabajo que entrara en el baño conmigo para que agarrara fuerte la goma con la que hacía el torniquete. Si no tiraba duro no encontraba las venas de tan destrozadas que las tenía. Mis brazos eran un colador».

Dice que su familia hizo todo lo posible para que se desenganchara. Sus padres estaban destrozados, aterrados por la situación. Parecía que no había luz hasta que consiguieron convencerla para que ingresara en un centro fuera de Galicia, lejos de los ambientes en los que se movía. Pasó más de tres años desenganchándose y muchos más sin poner un pie en Lugo. Después de la terrorífica experiencia pide que los jóvenes se alejen de la lacra. Y cree que la ley debe ser más dura con los narcotraficantes.

Testimonios recogidos por María Hermida, Cándida Andaluz, Marta Gómez y Xosé Carreira

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