«La droga mató a la mitad de mis amigos»

La Voz REDACCIÓN / LA VOZ

GALICIA

MARÍA HERMIDA

Personas que dejaron las drogas o siguen siendo adictas cuentan su experiencia

12 ago 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

La droga ha dejado una estela de sufrimiento en la sociedad gallega que se arrastra desde los años ochenta. Este es el testimonio de algunos supervivientes, que en algunos casos lograron dejar su adicción después de largos años de autodestrucción. 

José Manuel Álvarez

«Eu descargaba fardos. Despois engancheime eu a esa merda» . José Manuel Álvarez, Sete, se pelea con la vida desde hace más de dos décadas en Pontevedra. Vive dentro de un coche destartalado, en un descampado. Antes lo hizo en un galpón y también en la calle. En realidad, es de Cambados. Pero su pueblo no le trae buenos recuerdos. Dice que era un niño, que tendría ocho o nueve años, cuando empezó a descargar fardos, tanto en tierra como a bordo de lanchas. Se le pregunta si eran de tabaco. «Eu descargaba fardos, o que había dentro non era cousa miña. Despois engancheime eu a esa merda». Los recuerdos los tiene nítidos. Habla del día en el que la a Guardia Civil «acribillou a tiros» el coche en el que iban a una descarga, y asegura que trabajó para casi todos los grandes del narcotráfico, pero puntualiza: «Drogarse é culpa de cada un», insiste.

Luego, recuerda lo que para él fue el principio del fin. Corrían principios de los ochenta. Con el dinero de las descargas caliente en el bolsillo, una noche cualquiera, probó «aquela cousa que se metía todo o mundo». No se atrevió a pincharse. Pero fumó caballo y cabalgó para siempre hacia otros mundos. Entró en prisión en distintas ocasiones y por variopintos delitos -llegó a pasar seis años en el penal de A Parda-, cortó con la familia, vio morir a casi todos los compañeros de andanzas, se quedó en la calle... La cosa no sigue mucho mejor. Come y cena cada día en comedores sociales, dice que se mete metadona de cuando en vez «e algunha outra cousa nas festas» con las perras que saca aparcando coches y, cuando cae la noche, un vehículo cochambroso le espera para hacer de catre. No se queja ni aparenta importarle el futuro. O sí. Porque no se inmuta narrando una vida al filo de la navaja.