«El eucalipto es como el Estado, chupa y se lo lleva todo para él»


Esta frase, dicha por campesinos de Tailandia y recogida por Joan Martínez Alier en su libro El ecologismo de los pobres, es un claro ejemplo de cómo la sabiduría popular capta la esencia de muchos problemas ecológicos, que muchos científicos son incapaces de ver. Cualquier actividad productiva intensiva ocasiona cambios en los ecosistemas, que benefician a algunas personas e inevitablemente perjudican a otras. No es posible por lo tanto expresar una opinión sin ponerse a un lado o al otro del problema.

En estos días ha surgido, por enésima vez, la polémica acerca de las plantaciones de eucaliptos. El detonante ha sido el informe del Comité Científico de Flora y Fauna Silvestres del Ministerio de Agricultura, que, una vez analizada la evidencia científica, ha concluido que el Eucalyptus globulus muestra una clara capacidad invasora en Galicia, particularmente después de un incendio, y extiende esta conclusión a otras especies de eucaliptos empleadas en la explotación forestal. Como era de esperar, los lobbies que se benefician del cultivo del eucalipto han arremetido contra dicho dictamen y contra los miembros del Comité, acusándolos de emitir opiniones sin base científica, curiosamente basándose en otro informe encargado a un catedrático, que argumenta que el eucalipto no es invasor porque tiene gran importancia económica, como si una cosa tuviese relación con la otra. 

Pero la verdad es la verdad, la digan los campesinos de Tailandia o un catedrático. El eucalipto es una especie exótica de origen australiano. Se argumenta que también el maíz, la patata o incluso la camelia son especies exóticas. El problema no es que el eucalipto sea exótico. El problema es que es invasor: se extiende mucho más allá de donde se planta y tiene efectos devastadores sobre la biodiversidad. Ni el maíz ni la camelia ni ninguna otra de esas plantas que han salido en el debate actualmente son invasoras. Tampoco es válido el argumento sobre el roble, que está invadiendo Galicia desde la última glaciación (hace 8.000 años). Esto es absurdo: no se puede extender el concepto de especie exótica a lo que ocurrió antes del descubrimiento de América. El roble es, por tanto, nativo en Galicia.

Actualmente asistimos a un proceso de eucaliptización mundial, derivado de una visión cortoplacista y economicista. Se evalúan los beneficios en términos globales, sin considerar que beneficios y costes no se reparten de forma equitativa. Los beneficios de eucaliptizar se los llevan los propietarios y las empresas del lobby celulósico-energético. Los costes los asumimos entre todos. Cuando se corta la madera, ganan los propietarios y las empresas. Cuando hay plagas como el Gonipterus, el control lo pagamos con nuestros impuestos (cientos de miles de euros de dinero público). Cada año la Xunta invierte unos 170 millones de euros en luchar contra los incendios. ¿Se debería cobrar a los propietarios de los montes el coste de esas acciones? ¿Sería entonces rentable tener el monte lleno de especies pirófitas?

 Busquemos un punto de encuentro: ni el eucalipto es el árbol-panacea de nuestro monte ni es el mal de todos los males. Con una gestión apropiada, una silvicultura ecológica, es posible reducir los impactos de esta actividad.

Adolfo Cordero Rivera es titular de Ecología de la Universidade de Vigo.

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«El eucalipto es como el Estado, chupa y se lo lleva todo para él»