Primavera templada en Monte Pío

El presidente adquirió una experiencia negociadora en Correos y el Insalud que aún define su talante en la Xunta


santiago / la voz

Enfilamos el desenlace de uno de los inviernos con más carga reivindicativa de los últimos tiempos y del que se desprenden unos cuantos hechos objetivos: existe una brecha salarial notable entre hombres y mujeres; la subida de las pensiones, sin entrar en calificativos, no cubre la escalada del coste de la vida; y algunos empleados públicos de Xustiza cobran en la actualidad menos que sus colegas de otras comunidades, tan cierto como que la Xunta les ofrece una mejora sensible que los situaría por encima de la media. Hoy son estos, mañana otros, pero fueron y serán conflictos sociales, económicos y laborales que se pegan como lapas a la política y a sus líderes.

En esas se encuentra Alberto Núñez Feijoo, que a estas alturas ya sabe que sostener las paredes de Galicia en los peores momentos de la crisis fue complejo y doloroso -la metáfora es suya-, como lo es decidir por dónde se empieza la reparación de los daños. Con la economía en crecimiento, el sector privado vive una temporada sin excesivas agitaciones colectivas, mientras que el público ha cazado al vuelo el mensaje de la recuperación y quiere que se vea reflejado a final de mes tras años de sacrificio.

Pero si Feijoo se trajo algo aprendido a Galicia y a la Xunta fueron las siempre delicadas relaciones laborales y los entresijos administrativos, que paladeó primero en el Insalud y después en un largo máster de tres años al frente de Correos, desde el 2000 hasta el 2003. Además de las fotos incómodas y ciertamente inexplicables, ese también es su pasado, una etapa que pocos aciertan a calibrar en su currículo o que tratan de afearle reduciéndola a labores de contable.

Entonces, es cierto, el de Os Peares solo militaba en la eficacia y la meritocracia sin atender a carnés de partido. Aquel universo de funcionariado estatal le valió para extraer lecciones que hoy determinan de forma notable la dirección que toma la Xunta en los conflictos que le atañen. De aquellos años de negociaciones hasta las tantas sí guarda buenas relaciones de admiración y aprecio, de ahí que sea uno de los pocos políticos del PP al que han invitado a congresos de centrales sindicales con las que ha tenido buena sintonía y resultados desde la diferencia y el respeto.

Era evidente que la salida de la crisis iba a dejar heridas y picores, además de otras situaciones extrañas, como ha ocurrido con el conflicto de Xustiza, que ha alcanzado mayor radicalidad ahora que cuando el país entero se arrastraba de verdad por el lodo, hace seis o siete años, con duros recortes salariales y con el sector empresarial del país exhausto y sin crédito. Entonces los indignados acapararon las protestas, sustituyendo a unas organizaciones sindicales obsoletas. Años después y desde el calor de la madriguera, los representantes laborales han olido la sangre de esta primavera caliente que promueve la izquierda rupturista, que trata de recuperar en la calle lo que le niegan las encuestas.

Habrá que ver si los apuntes sobre negociación del presidente de hace veinte años siguen vigentes y si los representantes de los trabajadores aterrizaron en el nuevo mundo poscrisis. Todos deberían actualizarse, también en las formas, que no pueden sonar eternamente a mayo del 68. Seamos realistas, pidamos lo posible.

Los salarios según la policía

La equiparación salarial que han peleado policías y guardias civiles para nivelar los sueldos de las fuerzas de seguridad en España es un reflejo de los desequilibrios que ha propiciado con los años el imperfecto sistema autonómico. Interior ha atendido con generosidad sus demandas, pero el acuerdo ya ha lanzado una carrera por elaborar comparativas con tablas salariales en todos los ámbitos de la función pública. Los sindicatos adelantan que Galicia va a aparecer sistemáticamente en el vagón de cola, y la Xunta tratará de defender lo contrario. Que opine la policía, como cuando se dan las cifras de asistentes a las manifestaciones.

Sobran motivos, falta unidad

Difícilmente puede darse en Galicia un efecto contagio entre la huelga de los funcionarios de Xustiza y los de educación y sanidad o de la propia Administración Xeral. Cada sector es un pequeño ecosistema donde siempre sobran los motivos para salir a la calle a protestar, pero tienen varios lastres. El apoyo de los trabajadores sería mucho más limitado, y la sociedad no entendería ni soportaría que se cierren colegios y hospitales como se ha hecho con los juzgados. Hay dos claves más: la brecha entre los sindicatos de corte nacionalista y el resto parece insalvable, y en el 2019 tendrán elecciones, como los concellos.

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