Tres hermanas de Oza dos Ríos regentan una funeraria y siguen despertando sorpresa por trabajar sin ayuda masculina
03 mar 2018 . Actualizado a las 20:29 h.Hamlet recriminó a un sepulturero que cantase mientras enterraba a un muerto. Pero su amigo Horacio justificó el relajado gesto del enterrador. «La costumbre le ha hecho ya familiar esa ocupación», le dijo al príncipe de Dinamarca. Recurrimos aquí a la escena de Shakespeare para poner en preaviso de que las protagonistas de esta historia tampoco se mofan de los muertos, aunque narren algunos episodios con cierta gracia. La costumbre también les ha hecho familiar su ocupación.
Se llaman Rosa, Renata y Montse Fernández Rilo. Nacieron en un plazo de cuatro años y tras varias experiencias laborales hoy comparten trabajo en la Funeraria del Carmen, de Oza dos Ríos, un negocio familiar casi pionero en la provincia fundado por sus padres en 1971. En el pueblo ya hace mucho que ha dejado de sorprender su presencia portando cajas o sellando tumbas, pero de vez en cuando esos familiares que se desplazan de lejos a despedir a su ser querido sí emiten algunas palabras de sorpresa. «¡Pero se son todo mulleres!», se oye en más de un funeral. Incluso representantes de compañías de seguros que pasan por primera vez por Oza dos Ríos buscan una figura masculina al frente del tanatorio. «Nos preguntan si estamos solas, dicen que se les hace raro ver solo a mujeres a cargo de un negocio así», explica Rosa.
Este machismo inherente también aflora cuando les toca desplazarse para recoger el cadáver en el domicilio. «Allí los hombres se ofrecen siempre a echarnos una mano, sabemos que lo hacen con buena intención, pero luego les demostramos que nos bastamos, aunque agradecemos la ayuda, por supuesto», añade Rosa. También en el ceremonioso y emotivo momento del enterramiento las tres se encuentran con la desconfianza masculina. Lo explica Renata: «Estaba bajando un féretro, éramos varios, y un señor salió del grupo de familiares y agarró la cuerda que tenía yo en ese momento… son inevitables escenas así».
Lejos de lo que se pueda pensar, las tres definen este trabajo como «gratificante» por la sensación de ayuda a los familiares en uno de los momentos más duros de sus vidas. Y aquí sospechan que lo de ser mujeres les da un plus con respecto a trabajadores masculinos en la industria funeraria. «Creemos que encuentran más fácil ese afecto, ese consuelo, como que las mujeres manejamos y entendemos mejor los sentimientos», dicen.
Afecto vecinal
Los vecinos de Oza-Cesuras se debaten entre dos funerarias. A ellas les encanta que al final de cada funeral siempre se les acerque alguien para alabarles el servicio y apuntarse como cliente cuando toque. Así se lo dejó dicho una vecina: «Mirade fillas, o día que eu morra quero ir á vosa funeraria, eu xa llo hei dicir á miña filla». Más divertido fue cuando otro simpático anciano se lo planteó así:
-Neniñas, o día que morra chámovos e xa me vindes buscar.
-Se morres igual non nos podes chamar…
Al margen de que muchas veces les toca luchar contra las inclemencias del tiempo, afectivamente también les ha tocado trabajar jornadas muy duras, como hace cuatro años, cuando tuvieron que enterrar a su propio padre. O a una amiga de 36 años a la que estaban muy unidas. «Fue horrible, sin más, pero tuvimos que hacer el trabajo».
Han visto la evolución social de este rincón rural de Galicia a la hora de despedir a los muertos. Fundaron uno de los primeros tanatorios hace casi 30 años. Y comprobaron cómo costaba eso de velar a los seres queridos en un edificio ajeno. «Eran reacios a sacarlos de la propia vivienda, se sentían como que los querían echar ya del domicilio, expulsarlos de sus vidas», señala Montse.
También han visto cómo se ha esfumado la moda de los féretros abiertos, lo que les obligaba a una sesión extra de maquillaje, «y así te evitas oír comentarios no siempre muy afortunados». «Por eso aquí todo tiene que salir bien, no se puede fallar, desde la esquela a las flores, ni un fallo», espeta Montse.
El cuerpo que se movía
Se despiden con una anécdota. La cuenta Renata. «Fui a recoger un cadáver pero llegué antes que el juez y me tocó esperar. Entonces una familiar de la muerta y yo vimos que el cuerpo ¡se movía!». Silencio de tensión mientras el periodista abre los ojos como platos. «Resulta que descansaba sobre un colchón antiescaras que seguía enchufado a la corriente eléctrica y de vez en cuando saltaba».
La desgracia del primer coche fúnebre que empezó siendo muy impopular
El primer coche fúnebre comprado por Domingo Fernández, padre de las tres hermanas, tuvo que competir durante un tiempo contra la inmóvil tradición funeraria del pueblo. Pese a la disponibilidad del coche, muchos vecinos seguían tirando de hombro para trasladar la caja desde la casa hasta el cementerio. «Mucha gente no lo aceptaba y seguían cargando con el féretro, pero por suerte poco a poco lo fueron aceptando», dice Rosa. En el pueblo había un chaval de 16 años que se metía con las hermanas a costa del coche fúnebre, un vehículo que vituperaba cada vez que se encontraba con ellas. «Decía, ‘‘que coche máis feo mercou o madrileño (apodo del padre)». Poco podía imaginar entonces aquel chaval que sería él quien lo estrenase a las pocas semanas.