Sito Miñanco, el narco que no renunció a su pasado

El cambadés fue pionero abriendo la ruta de la coca con el cartel de Medellín para acabar 23 años en la cárcel


VIGO / LA VOZ

José Ramón Prado Bugallo (Cambados, 1955) fue durante años el espejo en el que se miró toda una generación de aspirantes a narcos en Galicia. Los mismos que eludieron previamente la academia del contrabando de tabaco y buscaron hacerse un hueco en alguna de las organizaciones que ya entonces, a mediados de los años ochenta, importaban el 80 % de la cocaína que llegaba a Europa por la costa gallega. Su imagen de filántropo, de vecino comprometido con su pueblo y con el deporte local presidiendo el equipo de fútbol de Cambados, las donaciones a particulares con necesidades, el propio estilo personal de Miñanco, considerado por algunos elegante, sus coches de alta gama, acompañamiento femenino, trajes caros, invitaciones en bares o restaurantes y, principalmente, sus relaciones personales con los líderes de los carteles de Medellín, primero, y de Cali, después, crearon un caldo de cultivo que acabó mitificando la imagen de este arousano que, como otros tantos, conoció el hambre de pequeño y la dureza del mar después, profesión que no tardó en cambiar por los mandos de las planeadoras y el Winston de batea.

De Sito Miñanco se ha contado casi todo desde que su nombre empezó a ocupar titulares de prensa por importar coca y protagonizar una vida llena de excesos (sonadas eran sus fiestas en un céntrico hotel de Pontevedra en el que tenía habitación fija o sus constantes visitas al casino de A Toxa). De él siempre llamó la atención su forma de idear a lo grande para importar perico cocinado en la selva andina. Su ficha policial deja claro que cada una de las operaciones en las que cayó implicaba grandes partidas de polvo blanco, a poder ser de varias toneladas. Dos como mínimo. Una especie de órdago a la grande que el cambadés ponía sobre el tapete para retar a las fuerzas del orden, y que no siempre le salió bien. Basta decir que pasó 23 años entre rejas desde que empezó su declive a mediados de los noventa.

Ojos en la nuca

En el 2015 obtuvo un permiso para trabajar entre semana en un aparcamiento de Algeciras cuyos propietarios mercantiles al parecer son personas de su entorno. Desde entonces ha estado siempre en el punto de mira. Su nombre no tardó en cruzarse en diferentes investigaciones de la Guardia Civil y de la Policía Nacional. El gallego millonario -apodo con el que era conocido en Panamá, donde ya blanqueaba dinero del tabaco a principios de los ochenta- no tardó en tener las miradas puestas en él. Sus relaciones con otros narcos gallegos en activo permitieron afinar más el tiro. Basta decir que no hace mucho fue identificado participando en dos reuniones, en Cambados, con personas marcadas de cerca por su relación en el tráfico de cocaína a gran escala.

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Narcos, cuando en Galicia mandaban los clanes Han pasado más de 25 años de la Operación Nécora. En la ría de Arousa las cosas han cambiado mucho desde entonces pero, ¿podemos hablar de un problema superado?

Más sonado fue lo ocurrido el 4 de mayo del 2016 en Porto do Son. Miñanco viajaba en un coche acompañado por el vecino de Ribeira Francisco Javier Pérez, acusado de varios delitos de narcotráfico. En la AC-550 una patrulla de Tráfico le dio el alto. La sorpresa de los agentes fue mayúscula al comprobar que el DNI del copiloto situaba a Miñanco a esas horas y en esa zona. Un mes después, la Unidad de Drogas y Crimen Organizado (Udyco) de la Policía Nacional explotó la operación Globos, que frustró un alijo de 1.300 kilos de coca organizado, según la tesis policial, por el mismo Francisco Javier Pérez. La Udyco dejó constancia en sus informes de que Prado Bugallo pudo ejercer de intermediario entre la organización de Ribeira acusada y los narcos colombianos encargados de lanzar el perico desde Venezuela al mar Caribe para acabar descargándolo en una playa de Barbanza.

Planeadora volcada

La Udyco sostenía que Bugallo y Pérez regresaban de la Costa da Morte para encontrar localizaciones para meter en tierra un alijo. Lo único seguro es que a las pocas semanas, el 12 de junio, se localizó en Ponteceso una planeadora volcada. De la droga no se encontró ni un gramo. La Udyco situó entonces a la organización ribeirense de Pérez como la encargada de aportar la infraestructura para que Miñanco pudiera ejecutar su plan. Dicha tesis encaja con el perfil que mandos de la Guardia Civil y de la Policía Nacional ya hacían del cambadés antes de su detención de ayer. Lo situaban, por vigilar de cerca sus pasos desde los ochenta, como el modelo de narco que nunca deja el negocio. ¿El motivo? El ego y la situación de supremacía que implica seguir en el ajo ejerciendo de jefe.

Bugallo arrastra desde siempre el rol de ser, de todos los narcos considerados históricos, el que mejores contactos tenía en Colombia para negociar los alijos llamados a ser esnifados en los baños de las discotecas europeas. Ahora, detenido nuevamente y dada su presunta reincidencia, Miñanco tendrá que afrontar una acusación que implica también el lavado de dinero fuera de España. Y todo ello trabajando con personas que hace tres décadas empezaban en este negocio ilícito y aspiraban a convertirse en lo que él simbolizó en los ochenta y parte de los noventa con sus trajes blancos, su bigote perfilado y el respeto social que llegó a despertar: un delincuente que se lucró envenenando a la sociedad.

Sito Miñanco, acusado de importar 3.600 kilos de coca y liderar una red de blanqueo

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La macrooperación que simultáneamente se desarrolló ayer en las Rías Baixas, Madrid y Andalucía se venía fraguando desde hace dos años. Fue en el 2016 cuando la Policía Nacional trasladó a la Audiencia Nacional sus sospechas de que José Ramón Prado Bugallo, Sito Miñanco, no estaba llevando un nivel de vida acorde con el de alguien en su situación personal, el de un individuo que disfruta de un régimen de semilibertad desde junio del 2015 en virtud del cual durante el día trabaja en un aparcamiento de Algeciras, mientras pasa las noches en un centro de inserción social (CIS).

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