Entre el dolor y la rabia


Nada une más que el dolor ante un ataque cruel y sin sentido como el de los yihadistas. Y nada desune más que la rabia acumulada. Entre ambos polos nos hemos movido en los últimos días. Un país tan acostumbrado a los embates del terrorismo ha aprendido a reaccionar con contención y serenidad, conscientes de que la mejor respuesta a la amenaza del fanatismo es la solidaridad y la unidad en la defensa de unos principios compartidos de libertad, tolerancia y respeto a la diversidad y la diferencia en un marco de pacífica convivencia. Ese es el mensaje que ayer lanzaron al mundo cientos de miles de ciudadanos, los presentes físicamente en Barcelona, pero también los que allí estuvimos de corazón y representados por el rey y demás autoridades. Por eso es una lástima que aquello que intenta ser una expresión de solidaridad y apoyo acabe convertido por algunos en signo de división y enfrentamiento. Porque es triste, la triste tragedia de este país marcado también por los enfrentamientos cainitas, que haya quienes pisoteen el dolor de todos para exhibir la furia que los alimenta. Y lo más terrible es que haya quienes han abierto la puerta para que la cultura del rencor, del desprecio e incluso del odio se extienda y siembre de nubarrones el futuro. Es triste que el virus de la disolución inoculado por el secesionismo haya lastrado la respuesta al yihadismo y cohibido la fraternidad en la aflicción. No tenemos miedo a la amenaza terrorista, no porque no tengamos el susto en el cuerpo, sino porque la entereza de nuestros principios nos fortalece. Ojalá tampoco tuviéramos miedo a convivir en la diferencia, porque lo que nos une vale más que lo que nos separa. Y porque solidaridad en el dolor consuela, pero la rabia solo genera más dolor.

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