El enemigo público número uno


Está entre nosotros. Podemos sentirlo aunque no lo veamos en toda su extensión. Es el cáncer que nos mina desde la médula. Económicamente insostenible, ambientalmente indeseable, socialmente demoledor y culturalmente ofensivo. Galicia se enfrenta al reto de mantener un territorio rural diverso, viable, adaptado al cambio climático, armonizando agricultura, ganadería, cultivos forestales (sí) y áreas naturalizadas. Al reto de encontrar modelos que generen empleo aprovechando que desde las megaurbes descubren la bioeconomía: alimentación funcional, construcción en madera, biomateriales innovadores y energía renovable. El abandono niega ese futuro.

Hubo un tiempo que cada palmo del territorio tenía un nombre y guardaba una historia. Ahora, cada norma aprobada solo se carga sobre quien permanece. En esta escuela no se pasa lista y solo hay deberes para los que vienen a clase. ¿Por qué habrá cada día menos niños en el aula?

Se construye una carretera en un área forestal, expropiada con precisión milimétrica. Se exige, para protegerla, que quienes ya estaban allí corten a decenas de metros su arbolado sin compensación. Se convierte la gestión agroforestal en la pantalla de un buscaminas normativo donde es mejor no actuar mucho ni que las cosas estén a tu nombre, y donde es mejor arriesgar menos dinero aunque se produzca algo peor. Se transforman en los últimos 20 años más de 30.000 hectáreas de áreas cultivables en zonas urbanizadas desde las que señalar a otras tantas repobladas inadecuadamente por quien abandonó la agricultura sin alternativa (y sin recalificación). Se dice que es un problema que pocos montes tengan plan de gestión pero menos de un tercio de nuestros concellos tienen su planeamiento adaptado a la ley.

Se nos incentiva a meter dinero en un plan de pensiones mientras tenemos abandonadas las parcelas de nuestros padres, con las que sobrevivieron nuestros abuelos, por las que lucharon nuestros bisabuelos. Sufrimos desempleo y rezamos por la llegada salvadora de capital financiero mientras escondemos bajo el colchón nuestro principal capital: el suelo. Se nos vende la leche de soja y cada vaso que tomamos hace que un metro cuadrado de pastizal de esta tierra se abandone y se plante otro en la selva sudamericana. Nos da por cerrar colegios y otros servicios públicos donde luego lamentamos que no se fije población. Nos afligen las migraciones de personas sin territorio a la vez que nos permitimos el lujo de tener territorios sin personas. 

«Aunque fuiste abandonada y aborrecida, tanto que nadie por ti pasaba, yo haré de ti gloria perpetua, gozo de generación y generación». (Isaías 60:15)

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El enemigo público número uno