Acaba marzo. Pronto, desde los lugares donde pasan el invierno, los borradores del IRPF llegarán a buzones y dispositivos móviles. Son los brotes de la primavera en este mundo posrural y periurbano de clima embarullado. Veremos venir la campaña de defensa contra incendios forestales como quien, en Punxsutawney, abre los ojos a las cinco de la mañana y sabe que queda aún una hora para que el despertador llame a un nuevo Día de la Marmota. Cuando se vuelva a anunciar el mayor despliegue en tiempos de paz, desearemos a los valientes, que arriesgan sus vidas para defender lo nuestro, prudencia, pericia y meteorología favorable, como si fueran marinos.
Pero tenemos todos los ingredientes para seguir perdiendo demasiadas batallas: un lugar con «querencia» por usar el fuego y la combinación de un clima cada vez más difícil con un medio rural destartalado, fruto de la modernidad mal entendida. La tecnología está ofreciendo oportunidades que nunca soñamos, pero no podremos construir un dron que haga por nosotros lo que en 30 años no hicimos. Es falaz hablar de tecnologías de la información a quien tiene que cubrir quince permisos para tramitar una corta de madera y esperar diez meses a su resolución. En la mayoría los casos, ya no estamos capacitados para salvar las aldeas, solo las vilas.
Mientras no liberemos al sector forestal productivo del lastre de la emergencia cíclica y la alerta permanente, no podremos más que emplear tres meses de invierno para intentar cubrir las necesidades de un año. Y, aunque repetiremos el mantra de «arde Galicia», buena parte de lo que arderá serán los mismos lugares que ardieron hace diez, cinco o dos años.