Juan Carlos Quer era cuando le conocí un padre abatido por la desaparición de su hija Diana y el frágil estado de Valeria, la hermana pequeña. Y abrumado también por el extraordinario interés que la desaparición había generado en los medios de comunicación. El y su abogado me pidieron que les ayudara a canalizarlo de manera que la búsqueda de la mayor y la salud de la menor no se resintieran. Juan Carlos tuvo que administrar no sólo su íntima tristeza, sino también sus apariciones públicas. Un hombre discreto y más bien reservado, de pronto se había convertido involuntariamente en objeto de millones de miradas que quieren saber su historia.
Esa atención es positiva por un lado. Mantiene el caso vivo, de manera que la ciudadanía puede colaborar mejor en la búsqueda y los investigadores obtienen información más rápido. Pero tiene también efectos negativos. La vida privada de una familia se airea sin pudor, surgen oportunistas que aprovechan la desgracia ajena para hacerse un hueco en los medios y los rumores y las mentiras aparecen en las tertulias y en las redes. Valeria, una menor, se ve de pronto rodeada de cámaras de televisión que trastocan su vida cotidiana.
Es un difícil equilibrio el que se busca en los casos de desapariciones: entre el servicio público que pueden ejercer los medios, y su tendencia natural a buscar y relatar historias enfatizando los ribetes más dramáticos, que son los que dan más audiencia.
Hace unas semanas, en una reunión organizada por Paco Lobatón en Madrid, varias decenas de familiares desaparecidos reclamaban una mayor atención de los medios a sus casos. Es penoso ver cómo el espíritu de colaboración ciudadana, aupado por los medios, va remitiendo con el paso del tiempo, y la persona desaparecida queda cada día un poco más en el olvido. La atención de la prensa es cada vez más dispersa y cambiante, la memoria del público frágil, pero el dolor por la pérdida de un ser querido es siempre agudo y persistente.
Juan Carlos Quer y su familia han sido al tiempo víctimas y beneficiarios de esa paradoja. La historia de una joven en la plenitud de su vida que desaparece misteriosamente y el conflicto de su acomodada familia son objeto inmediato de una atención inusitada de la opinión pública. Con todas las ventajas que esa desmedida cobertura del caso proporcina para encontrar a Diana, sobra decir que Juan Carlos habría dado su vida entera para no pasar por el infierno de la ausencia de su hija y del calvario de la mirada constante, y a ratos despiadada, sobre él y su familia.
Luis Arroyo es el exasesor de prensa de Juan Carlos Quer, padre de Diana