Los infiernos de Pablo

La historia de un menor de Santiago refleja la problemática educativa de los jóvenes violentos


Santiago / La Voz

Pablo es un nombre ficticio. El nombre de un chaval de 15 años que ha pasado los últimos metido en un infierno, al que ha arrastrado a su familia con demasiada frecuencia. A Pablo, la adolescencia le sentó fatal. Diagnosticado de hiperactividad, trastorno negativista-desafiante y síndrome de Asperger, Pablo iba lidiando con sus problemas hasta que un día se hizo mayor y le estalló una bomba dentro: «Fue una explosión de mal comportamiento -explica su madre, Carmen-. Y la ansiedad lo volcó en la comida: subió 14 kilos en un año». Mal asunto delante de la clase; «gordo» es una de las peores cosas que te pueden llamar.

Pablo se fue por la cuesta abajo. La presión en el aula la aliviaba en casa con episodios de violencia y mal comportamiento. Luego los trasladó al colegio, donde

las peleas comenzaron a ser habituales y el acoso, permanente. Comenzó entonces el peregrinaje por las consultas médicas: neurólogos, psiquiatras, psicólogos. Los diagnósticos no mejoraron las broncas en casa, que alcanzaban una dimensión insoportable: gritos, golpes, puertas rotas, cuchillos... Al final, Pablo acabó en el hospital, en Urgencias, con su madre muerta de miedo: «Nos dijeron que allí no podían hacer nada» y la familia entró en un angustioso carrusel sometido a las crisis de Pablo, sus estallidos de violencia, llamadas a la policía y a la Guardia Civil, ingresos hospitalarios y altas más o menos rápidas ya que, una vez tranquilizado, poco se podía hacer por él en una cama de urgencias.

Con Pablo fuera de control, el colegio les invitó a que se buscaran otro centro escolar y la familia decidió pedir ayuda a la Administración para encontrar un recurso en el que Pablo pudiera estudiar y al mismo tiempo dispusiera de una atención profesional a sus problemas de comportamiento, en ese momento ya claramente diagnosticados. Carmen se entrevistó con un especialista de la consellería que, examinados los informes médicos y escolares del chaval, le aconsejó que lo internara, que dejara correr aire entre Pablo y sus padres. Y les ofreció como alternativa más cercana el centro de ecuación especial Monte Pedroso, en Santiago: «Cuando lo visité, flipé -recuerda Carmen-. Allí no había habitaciones, había celdas. Lo que pensé fue que no iba a ingresar a mi hijo allí, porque iba a entrar con un problema e iba a salir mucho peor».

La reclamación

Al final, Pablo acabó interno en otro colegio, privado, al que le ha costado adaptarse. Pero, dice su madre, lo está consiguiendo. Al parecer, la clave se halla en la medicación que al fin ha conseguido estabilizar su terremoto emocional. Han ocurrido otros episodios desagradables durante estos meses, pero cada vez menos. Carmen se ha sentido maltratada por la Administración. Opina que no ha puesto los recursos suficientes para atender a su hijo y ha presentado a través de un abogado una reclamación para que se revise el colegio de O Pedroso «a los efectos de conocer y velar porque no se estén cometiendo actuaciones perjudiciales para los menores». También reclama ayuda económica para paliar los gastos que han supuesto el cambio de colegio de su hijo.

La Xunta no está de acuerdo con las quejas de la familia y asegura que en el caso de Pablo se actuó siguiendo el protocolo habitual en estos casos: «Dada a súa problemática, a petición foi analizada polo equipo de orientación específico da Coruña, que, en base aos seus propios informes e ao informe de Saúde Mental, propuxo a escolarización do neno no CEE do Pedroso, en Santiago», señala un portavoz de Educación, que incide en que la familia rechazó el colegio y que no volvió a dirigirse a la consellería.

«Muchas veces se trata solo de aguantar hasta que salgan de la educación obligatoria», lamenta Ángela Piñeiro, una pedagoga que trabaja en la asociación Adahpo (Asociación de Déficit de Atención e Hiperactividad de Pontevedra), que apunta que el caso de Pablo es mucho menos infrecuente de lo que podría suponerse. «Existen algunos centros específicos, pero debería ser la escuela pública la que resolviera estos casos. Es precisa una escuela que atienda a la diversidad pero, claro, con recursos».

La propia consellería admite que en un caso como el de Pablo es la Administración «a que debe ofrecer e velar por unha escola inclusiva dentro da diversidade do alumnado». Y que en ese sentido, durante este curso «máis de 3.300 profesionais, entre especialistas en pedagoxía terapéutica, audición e linguaxe, coidadores, orientadores e intérpretes de linguaxe de signos, están dedicados a este labor nos centros públicos da comunidade autónoma».

Los pestillos siguen

La respuesta de la Xunta no ha sido satisfactoria para la familia de Pablo. Su madre, Carmen, no ha quitado los pestillos que tiene en todas las puertas de su casa. Está contenta por el hecho de que la conducta de su hijo se haya atemperado, pero dice que no sabe cuándo puede cambiar de nuevo. La reclamación, presentada en junio del año pasado en la Consellería de Sanidade no ha llegado a Educación, que asegura no haber tenido más noticias de la familia desde su rechazo al colegio de O Pedroso. Así que Pablo acabará el curso con normalidad. «Pero si es por la ayuda que debería haber recibido de la Administración, no sé como estaría hoy mi hijo. Afortunadamente va bien, pero nadie debería pasar por esto».

Así se fabrica un marginado

La pedagoga Ángela Piñeiro apela a lo que llama «la profecía autocumplida» para explicar por qué un porcentaje tan elevado de chavales con problemas de hiperactividad acaban enredados en el consumo de drogas y muchas veces en prisión: «Han escuchado tantas veces que se portan mal, que son malos, que finalmente deciden dejarse llevar y aceptar que son malos».

Un chaval como Pablo, acostumbrado a chocar contra las normas, sufre en la adolescencia un cambio hormonal que, como recuerda esta profesional «incide en una menor capacidad de autocontrol, menos nivel de tolerancia ante la frustración. Al final vas acumulando una historia de vida que te dice constantemente que eres lo peor». De ahí a la exclusión, un solo paso.

«Hay muchos casos que se pierden por el camino», opina esta pedagoga especialista en tratar con pacientes afectados por el trastorno de la hiperactividad: «Y son chicos que, a pesar de todo, tienen habilidades buenísimas para millones de cosas».

¿Cómo corregirlo? Los especialistas y la Administración apuestan por una escuela inclusiva y diversa, pero dotada con los recursos necesarios: «A veces nos fijamos mucho en el informe Pisa, en indicadores como la comprensión lectora, pero quizás no sea eso lo más importante», apunta Ángela Piñeiro.

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