El precio del desprecio


Los españoles hablaron el 20 de diciembre y no tienen ganas de que les tomen el pelo. Unas elecciones son algo muy serio, por lo que no se puede jugar con ellas a conveniencia, como hacen algunos. Y los españoles, más sensatos de lo que a veces piensan sus políticos, están dispuestos a pasar la factura correspondiente a quienes están despreciando su voluntad. Los ciudadanos castigaron en las urnas la prepotencia, la connivencia con la corrupción, la indiferencia ante el sufrimiento de la gente y la falta de cercanía a sus problemas. Abrieron la ventana para que entrara aire fresco. Apostaron claramente por el diálogo, por el entendimiento entre diferentes para encontrar soluciones a los problemas que son de todos. Algunos -señaladamente Albert Rivera- entendieron el mensaje y se pusieron manos a la obra. Los españoles se lo agradecen con un destacado incremento de su respaldo. Importante por la magnitud del movimiento en tan poco tiempo y porque es la única nota positiva en un momento de hastío con los políticos. Un hartazgo que se visualiza claramente con los modos y maneras arrogantes y prepotentes de Pablo Iglesias, que confunde diálogo con imposición, regeneración con transformismo. Y mucho ciudadanos que se dejaron embaucar por su verbo indignado empiezan a darle ya la espalda. Es el precio a pagar por su desprecio a las formas propias de democracias avanzadas, muy alejadas de ese populismo tercermundista que tanto aprecia el líder de Podemos.

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