El as gallego del aire triunfa en Dubái

El campeón de aviación Manuel Rey logró en las olimpiadas del emirato árabe un quinto puesto en ultraligero, una modalidad que monopolizan los pilotos ingleses


santiago / la voz

Manuel Rey es a la aviación española lo que Fernando Torres al fútbol patrio o Rafa Nadal al tenis. Ha sido doce veces campeón nacional de ultraligero, dos veces subcampeón de Europa y otras dos veces del mundo y también domina en la modalidad de acrobacia con avioneta, en la que más se prodiga últimamente. Si su nombre no suena más es solo porque en España su deporte, la aeronáutica, es un gran desconocido. No como en el Reino Unido «donde es una auténtica pasión y cada diez millas hay un campo de aviación», explica este gallego de 52 años que acaba de triunfar en las olimpiadas del aire celebradas en Dubái. Allí se clasificó en quinta posición en ULM -ultraligeros-, una disciplina que dominan los ingleses hasta tal punto que el de Rey es el único apellido no anglosajón que se ha colado en los puestos de honor de la competición.

Comandante de Vueling en Lavacolla, Manuel Rey es de padres vigueses. Él nació en Caracas, pero en la capital venezolano vivió poco tiempo porque su madre prefirió retornar para criarle en Galicia. Su gesta es fácil de imaginar si se conoce que en Dubái hubo mil participantes y solo 28 formaban parte de una delegación española que tuvo en él, el único gallego en el grupo, y en el catalán Horacio Lloréns, campeón en parapente acrobático, a sus miembros mejor clasificados.

Las de Dubái han sido las mejores olimpiadas del aire de las cuatro celebradas hasta la fecha. Las primeras las organizó Turquía en 1997 y después pasaron por España e Italia, pero estas de los Emiratos Árabes Unidos han sido «por todo lo alto, no han escatimado en nada», explica Rey, «porque el país quiere promocionarse como destino turístico de lujo y vio en este certamen una buena oportunidad».

Su quinto puesto es especialmente meritorio teniendo en cuenta que hacía diez años que no competía en la modalidad de ultraligero, que lo hizo con un aparato que le cedió la organización y que este año se modificó la competición, que ha pasado de premiar solo aspectos técnicos del vuelo como velocidad, consumo o precisión de la ruta, a convertirse en una trepidante carrera con balizas al más puro estilo de la Fórmula 1.

Eran tantos cambios, que la organización se llevó las dos primeras carreras de las seis en las que constaba la competición al desierto. «Volar a casi doscientos kilómetros por hora con estos cacharros a poca distancia del suelo es un factor riesgo y querían asegurarse de que si pasaba algo no fuese ante todo el público», relata el campeón gallego. Para él, la experiencia fue «alucinante» por volar y entrenar «en un escenario tan hermoso y estar allí en medio de la nada». Cuando los dubaitíes constataron que las carreras de ultraligeros eran lo suficientemente seguras «y que nadie se iba a matar» -bromea-, todos se trasladaron al recinto principal en la gran isla artificial en forma de palmera creada en la costa del emirato.

Rey fue precavido en aquellas dos primeras carreras, pero una vez en el mar le pudo más su alma de campeón que la prudencia y fue escalando posiciones hasta que en la última prueba logró entrar tercero. Todo un récord que culmina el «placer irrepetible» que para este piloto gallego han sido los quince días en las olimpiadas de Dubái. Ahora espera que su éxito ayude a difundir como deporte su gran pasión: la aeronáutica.

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