La lenta muerte de Asunta

alberto mahía LA VOZ / A CORUÑA

GALICIA

Los tres meses anteriores al asesinato de la niña concentran la mayoría de los indicios que las acusaciones presentan contra Rosario Porto y Alfonso Basterra

19 oct 2015 . Actualizado a las 14:38 h.

Asunta apareció asesinada en la pista forestal de Teo el 21 de septiembre del 2013. Pero la reconstrucción de este crimen comenzó dos meses y medio antes. Durante ese tiempo, a la niña le ocurrieron cosas tan insólitas que convencieron a la Guardia Civil de que su muerte se fraguó en aquel verano. Faltó varias veces a clase por estar enferma, acudió en dos ocasiones a la academia de música en estado de somnolencia, fue supuestamente atacada por un extraño en cu casa mientras dormía y su madre no llamó a la policía, sus padres le decían a todo el mundo que tenía ataques de alergia cuando ni la madrina, ni la cuidadora ni, más aún, su pediatra, lo habían notado. Peor aún: los análisis capilares constataron que a la cría le habían estado administrando lorazepam u orfidal al menos durante los tres meses anteriores a su muerte. Esto daría más sentido a lo que Asunta les dijo a sus profesoras en el mes de julio: «Mis padres me están engañando, no me quieren decir qué me pasa... Mi madre me dio unos polvos blancos... Estuve durmiendo varios días». Estas frases de la víctima que tanto escamaron a las maestras, pudieran ser, según la Fiscalía, el anuncio de la cría de que algo malo le estaban haciendo. ¿Quién? Las acusaciones no tienen duda alguna de que fueron sus padres; y estos, no lo saben. Dijeron en el juicio que esa pregunta les carcome desde que fueron detenidos, convencidos de que «el asesino está ahí fuera». ¿Por qué la drogaron durante tres meses? Fiscal y acusación popular sostienen que los motivos hay que buscarlos en que la niña «estorbaba» a sus padres; mientras que los procesados no encuentran una explicación a eso.

Última semana de juicio

Pero tiene que haberla y en eso está el jurado, que afronta ya la última semana de juicio. Sus 9 miembros deberán resolver si la mataron sus padres, uno de ellos, o ninguno; y en este caso, el verdadero autor debe estar ahora en su casa resoplando de contento.

Pero eso es imposible, piensan las acusaciones, que a estas alturas dicen tener la culpabilidad de Rosario y Alfonso atada y bien atada. Para ellos, queda demostrada su autoría con solo mirar a lo que ocurrió en los meses previos a su muerte. Bastan las declaraciones de las profesoras relatando los episodios de somnolencia, la «extraña» respuesta de sus padres a tales comportamientos, los análisis de toxicología que confirman que la niña ha sido «drogada» durante aquel verano con el mismo fármaco que tenía en su estómago el día en que la mataron y que había comprado su padre en cantidades importantes durante julio. Tan sospechoso como que la cría «solo estuvo bien lejos de sus padres», sin alergias ni somnolencias, durante las vacaciones de 20 días que pasó con su madrina en Vilanova y luego durante la semana que disfrutó con su cuidadora en Val do Dubra.

Con esos mimbres, la Fiscalía, como la acusación popular ejercida por el letrado de Clara Campoamor, Ricardo Pérez Lama y Rocío Beceiro, dan por hecho que el papel de Alfonso Basterra fue drogar a su hija para asfaltarle el camino a su exmujer. Para que Rosario Porto no tuviera más que hacer que llevarla en coche a Teo y allí asfixiarla mientras él quedaba en casa haciendo sabe Dios qué. Tan tétrico como que Alfonso Basterra llevaba al menos tres meses dándole Orfidal a Asunta. No lo dijo él ni los investigadores. Lo insinuó Rosario Porto frente al juez tras pasar tres días con sus noches detenida en dependencias de la Guardia Civil. De ser cierto, y la Fiscalía lo da por hecho, el periodista ensayaba así el macabro plan, que finalmente ejecutó el 21 de septiembre, junto a su exesposa, en una comida familiar en casa de aquel; lo cual «es imposible», según su defensa, que echa también mano de las pruebas de Toxicología para tumbar la versión de la acusación. Si tal y como sostienen en su informe las expertas científicas Ana María Bermejo y María Jesús Tabernero que el efecto del lorazepam comienza a notarse a los 45 minutos, no podría salir de su casa caminando a las 5 de la tarde con la ingente cantidad de fármacos que llevaba la niña en el cuerpo -27 pastillas en el contenido gástrico-. Es más, a las 18.10 se ve por última vez a Asunta con vida y erguida en el asiento del Mercedes junto a su madre camino de Teo. A esa hora, de habérsele suministrado el ansiolítico durante la comida o en la sobremesa, Asunta no podría tenerse en pie, según defiende la letrada de Basterra, Belén Hospido.

Si la abogada de Alfonso está en lo cierto, la sedación solo se pudo haber producido cuando la niña, a partir de las 17.10 horas, está con la madre. Pero tampoco ahí, según declaró Rosario en el juicio, que sostuvo que llevó a la niña sobre las 18.00 horas y menos de una hora después la trasladó de vuelta a Santiago porque la niña se lo pidió. Que la dejó en la calle, regresó a Teo, y nada más supo de ella hasta que regresó a casa a las 21.30 horas.

«Estaba como un roble»

Volviendo a los meses anteriores al crimen, a ese espacio de tiempo en el que se planificó el asesinato, según la Fiscalía, son varios los testigos que acudieron a declarar que la niña «estaba como un roble». Su madrina dijo que los 20 días que estuvo con ella en Vilanova -del 31 de julio al 20 de agosto-, «no tuvo ningún problema de salud»; si bien también recordó que en una ocasión le habían comentado los acusados que padecía de alergias. La cuidadora de Asunta desde que nació, que estuvo con ella la primera semana de septiembre en Val do Dubra, aseguró que la cría no tenía problema alguno de salud. Que solo los tuviera cuando estaba con los padres es, para la Fiscalía, cuando menos, «llamativo y sorprendente».

Hay otros indicios que las acusaciones tratan de ascender a la categoría de pruebas incriminatorias. Como lo dicho por Rosario Porto en su primera declaración tras ser detenida y que el juez instructor subraya en el sumario: «...En base a declaraciones de personas del entorno de la menor, se le acusa a Alfonso Basterra de aprovechar en varias ocasiones que la menor pernoctó en su domicilio para drogarla con altas dosis de Orfidal». Su propia ex mujer fue la encargada de contárselo a Vázquez Taín aquel día, pues afirmó que su exmarido tenía en su piso cajas de ese ansiolítico y un día lo había visto darle «unos polvos blancos a su hija», sin llegar a averiguar de qué se trataba, si una droga, un medicamento o cualquier sustancia inocua. Ya en el juicio, negó lo dicho.

Los análisis toxicológicos y capilares del cuerpo apuntan a los acusados

Cuando apareció el cuerpo de Asunta, el entonces titular del Juzgado de Instrucción número 2 de Santiago, se reunió con los forenses y los miembros del laboratorio de toxicología para pedirles que dejaran todo lo que tenían entre manos y se volcasen de inmediato con el caso. Les rogó que fuesen rápidos. Y lo fueron, pues solo cuatro días después del asesinato, el 25 de septiembre del 2013, las expertas en toxicología Ana María Bermejo y María Jesús Tabernero, junto a la médico forense del Imelga Carmen Pérez de Albéniz, remitieron al Juzgado los resultados del informe toxicológico, el que analiza cualquier elemento extraño en los cuerpos de las víctimas.

Estudiaron muestras de sangre, de orina, contenido gástrico, humor vítreo y bilis y salieron estos resultados: sangre (0,68 lorazepam), orina (0,08 de lorazepam), contenido gástrico (lorazepam en gran cantidad). En base a eso, se determina que «el consumo de ese fármaco se produjo en las horas previas a la muerte al ser detectado todavía en el contenido gástrico», y los niveles encontrados en Asunta «entran dentro del ragon tóxico»; es decir, que no era mortal, pese a cifrar en 27 las pastillas ingeridas.

A este informe se unieron pocas horas después los análisis capilares, que informan de los tóxicos ingeridos por una persona en los últimos meses. Las expertas constataron que Asunta fue sedada en los 4 meses anteriores a su muerte.