La «dolce vita» de Abel Caballero


La democracia en Vigo es valerse de los votos y plantar un barco en una glorieta, operación costeada con el bolsillo de los ciudadanos, con cuáles si no, desplegando a toda la policía local para que la operación se desarrolle con normalidad porque, así es la vida, los vecinos no quieren tamaño despilfarro: alrededor de 700.000 euros, según algunas fuentes. El Gamonal de Coia se diferencia del de Burgos en que el alcalde de Vigo se ha construido una realidad paralela, en parte porque le han dejado, donde no hay lugar para la rectificación, porque los que se equivocan siempre son los otros, da igual que se trate de cientos de vecinos. Y es así porque se lo permite una oposición que es una caricatura de lo que tiene que ser una oposición, con un BNG cien veces engañado y cien veces dejándose engañar de nuevo, y un PP que está haciendo más daño en el PPdeG -y lo dirán las urnas el próximo mayo- que Bárcenas en el PP español. Es así, también, por quienes en el PSdeG (antes Pachi Vázquez, ahora Besteiro) toleran las actitudes nada socialistas de Abel Caballero, quien se ríe en su cara mientras ellos, primero Pachi, después Besteiro, apelan a asuntos internos de partido para estarse callados. Y es así gracias al PSOE de Ferraz, que en lugar de investigar una denuncia múltiple por enchufismo y nepotismo en el concello de Vigo, procedente nada menos que de un exalcalde socialista, decide expulsar al mensajero sin contemplaciones, y hasta aquí ha llegado la investigación. Abel Caballero, el mismo que hace ocho años prometió en un mitin desempleo cero en Vigo (y hoy va por los 36.900 parados) no se va a detener hasta que el barco del porrón de euros de Coia se coloque sobre la glorieta, porque lo de menos es lo que quieran los vigueses. Cueste lo que cueste, porque él no paga. Le da igual que con ese dinero se queden sin resolver otros problemas básicos en Vigo. Lo suyo es llevar el capricho a sus últimas consecuencias, comparar la obra con la Fontana di Trevi y quedarse tan ancho, porque a su dolce vita los lamentos y penurias de los vecinos ni le van ni le vienen, faltaría más.

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