Con la almohada en el cajero

Los sintecho de Galicia sospechan que son más de 3.600 los que duermen en la calle, pendientes de una mano amiga que les acerque una taza de sopa


Redacción / La Voz

El frío muerde ya en las duras carnes de los sintecho. Por culpa de los chaparrones, a Juan Luis se le moja el saco y tiene que dormir «con los pantalones encharcados». Es uno de los 3.600 que se acurrucan cada noche en portales y cajeros de la comunidad, según la severa admonición que Cáritas trasladó esta semana con motivo del Día Mundial de las Personas sin Hogar, que se celebró el viernes. Del peor dato de España (junto con el País Vasco) se discrepa en la Galicia del despacho y el coche oficial. Al Gobierno le parece mucho. Pero el movimiento se demuestra andando, así que pateamos la calles para saber qué opinan los afectados.

En un zaguán se arrebuja bajo dos sacos y una manta David (Logroño, 32 años). Sobre la cara se le cruzan dos rastas y las 16 grapas que adornan su ceja izquierda desde la última caída. Del presidente de la Xunta no conoce ni el nombre, pero se concentra para intentar responder.

-Pues creen en la Xunta que no son tantos los sintecho que, como usted, duermen al socaire del frío; ¿qué opina?

-¿Que no somos muchos? [Acompaña la pregunta con un largo silencio y rostro de perplejidad, como si un ovni acabara de aterrizar en el portal].

-Eso es; que no serían 3.600.

-¡Ah, pues hay unos cuantos! ¿Eh? [Continúa absorto].

David no tiene esos datos. Pero maneja otros: «Estoy en la calle desde que hace tres años se me cayó la vida encima. En un mes se me murieron seres muy queridos y perdí el trabajo. Me queda mi hermana, de 21, pero es una cría y no quiero comprometerla».

¿Son las cifras la clave del problema? A David se le hiela la mirada en el horizonte. Está muy lejos, seguramente con su hermana en Logroño. Alguien le tiende una mano con una taza de sopa caliente. Son los muchachos de Boa Noite, un colectivo filantrópico vinculado a la parroquia de San Francisco, en A Coruña. Recorren las calles cada viernes para regalar chocolate, bocadillos, compañía... Ellos tampoco hacen cuentas. Actúan. Gratis.

En la Cocina Económica hablamos con Santiago Regueiro (A Coruña, 67 años). Es albañil. La vida lo paseaba por «hoteles de lujo», donde comía y dormía mientras «arreglaba la Gran Vía madrileña» hace 40 años. De los tiempos de bonanza le quedan un bocadillo en la mano derecha y una naranja en la izquierda. Su cama se reparte entre el tercer y el cuarto peldaño de las escaleras de un párking. «Tengo los huesos mallados», se queja.

-¿Y son muchos los que duermen como usted, en la calle?

-Casi todos mis amigos. Albañiles, carpinteros...

Los 3.600 se le quedan «cortos», y al mentarle las cuentas oficiales dispara sus apotegmas como cargas de profundidad: «Mire usted, los políticos no pasan hambre, tienen los bolsillos llenos».

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