Dos veces en todo un año, apenas cinco horas en total, se han visto Feijoo y Besteiro, los líderes de los principales partidos gallegos hoy, otra cosa son los vaticinios demoscópicos. En el primer encuentro se filtraron noticias presuntamente positivas: había acercamiento en materia de ordenación del territorio y en la renovación de organismo autonómicos, esos entes útiles, en parte, para acomodar a quienes se han caído del Parlamento, algo así como pagar con el dinero de todos apartamentos para exponer jarrones chinos. Se ve que los partidos políticos siguen teniendo demasiadas bocas que alimentar. Hubo, además, cierto coqueteo en un asunto entonces crucial para el PP, la reducción del número de diputados, debate que pronto se disolvió como un azucarillo en el café caliente de la corrupción. Un año después, la ordenación del territorio sigue como estaba, y del resto es mejor no hablar. Esta semana, Feijoo y Besteiro volvieron a estrecharse la mano. El resultado fue aún peor, y estaba escrito, porque, no nos engañemos, las elecciones están mucho más cerca, y en estos partidos siguen empeñados en que el acuerdo debilita. Habrá que esperar a lo que pase en las municipales para saber si se ven forzados a sellar un pacto para frenar la, en el fondo nada sorprendente, irrupción de Podemos: le están abriendo las puertas de par en par. Cinco horas de cumbres, en fin, parece poco para hablar de Galicia, si es que se habló de Galicia. O, visto el resultado, y al margen de si la culpa es de Feijoo o es de Besteiro, o de ambos, ellos sabrán, quizás demasiado. Porque en realidad poco, o muy poco, se ha sacado en limpio para los gallegos, quizás porque desde las cumbres es más difícil ver las cosas que suceden abajo, en el llano, aunque el escenario de estos encuentros esté situado solo 260 metros sobre el nivel del mar.