Aún no llegan y ya se van


Gallegos. Apenas nacen, y los escasos mozos que hay resulta que se marchan a borbotones. Forzados por las circunstancias, pero sobre todo por un modelo económico que sigue siendo el de los 60: cemento y turismo. Industria, poca y foránea. Servicios, de proximidad. En Dinamarca no pasa. Hay tantas cosas que cambiar? La primera, la mentalidad: endogamia, envidia, localismo, chanchullismo? Confundir la modernidad con su fachada, inversión con el segundo pisito, negociar con producir. Lo que no podemos hacer es aguardar a que escampe para volver a lo mismo. Cambian los gobiernos y los regímenes, pero no el cemento, el turismo y, como innovación, el pelotazo.

Es cierto que hablar de emigración en un mercado interior como el europeo resulta inexacto. Pero es que ese presunto mercado interior funciona mal. No puede haber en él regiones con más de un 30 % de desempleo y otras con apenas el 5 %. Si funcionase correctamente, los servicios transfronterizos -esos que prestan los profesionales gallegos que van montando tiendas de Zara por la UE- facilitarían residir aquí trabajando por ahí. Somos competitivos y queremos competir con igualdad de armas.

Los gallegos que se van pueden regresar. Los que no existen, jamás volverán. Los datos migratorios no deben servir para justificar el fatalismo panglossiano de no pocos conciudadanos: ¿y para qué tener hijos, si total tendrán que emigrar? Somos un cuerpo social senescente, casi estéril, y con una gravísima hemorragia interna -a diario mueren unos 30 gallegos más que los que nacen- al que se le suma una herida por la que mana sangre. Tenemos que luchar con espíritu churchiliano por nuestro futuro. En los montes, en las playas, en los valles y las calles. Luchar por renacer como vizosos fillos de Galicia.

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