El obsceno coste de la vida


Hablar de cuánto cuesta criar un hijo casi resulta obsceno. Pero por culpa de los economistas obsesos -ecosesos- se ha propalado la creencia de que los humanos solo somos entes racional-eficientes al tomar decisiones. Vaya memez. Esto explica, en cambio, que aunque al pudiente un hijo le cueste un porcentaje bajo de su renta, prefiera no obstante tener igual o menos hijos que un maestro. Fíjense en las parejas de 25 a 45 años con coche de alta gama y comparen. Por desgracia, los ecosesos van ganando. Pues bien, algunos seres humanos toman decisiones vitales ineficientes, como casarse u, ¡horror!, tener un niño, que, mira tú por dónde, pueden suponer el peor negocio. Véanse los divorcios liosos, las pensiones compensatorias o la ayudita para que el mozo se emancipe a los 30.

Tengo dicho que solo los tontos tienen hijos, y es una verdad apodíctica para esos economistas. Tener un niño es más arriesgado que montar una empresa -que se lo cuenten a esas madres que renuncian a sus vidas y bregan sin ayudas con críos enfermos, con la incertidumbre del futuro cuando ya no estén-. El hecho de que estos lelos emprendedores vitales existan es un bien social tan poco apreciado como el aire. Pero sin aire, ni el oro vale. Nadie en las decenas de facultades de Economía de España se ha molestado en cuantificar el coste de un hijo. Sin eso, ¿cómo se van a diseñar políticas adecuadas para ayudar a los heroicos progenitores que garantizan el futuro del país? Si sumamos los costes de oportunidad, igual los ecosesos se quedan sin parroquia en las aulas y a ver de qué viven.

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