Se recurre a las soluciones drásticas cuando el mal está muy extendido. Eso explica que los gallegos aboguen por la supresión radical de los regalos a los cargos públicos. Es la respuesta, de trazo grueso, ante la extendida percepción de que la corrupción es habitual. Ante la más mínima sospecha, sobre los políticos pesa más la presunción de culpabilidad que la de inocencia. Aunque injusto, es la consecuencia de no haber hecho lo más mínimo para atajar el problema desde el inicio, de haber contemporizado con los corruptos y de no haber sido diligentes en los castigos. Pero aunque consuele, los corruptos no lo son por naturaleza. Se corrompen. Porque la codicia es una debilidad humana, pero también porque hay quien se lucra al corromperlos, porque fallan los controles, previos y posteriores, administrativos, políticos y judiciales. Y porque nos hemos regodeado en una cultura de la avaricia, la laxitud y la permisividad que ha alimentado a la bestia. Denostamos a quien cumple las reglas y alabamos al pícaro. Buscamos el enchufe sin remordimientos y alardeamos de violar las normas. No es lo mismo, pero es el germen. Un buen antídoto es hacer examen de conciencia y asumir que no todo vale, que debe haber coherencia entre fines y medios, que las normas nos obligan siempre. Y también, por supuesto, que el mejor regalo es la satisfacción del deber cumplido.