Podríamos hablar de dos tipos de ciclogénesis, la que golpea las costas, devora playas, vacía las redes de peces, arrasa sembrados e inunda colegios y hospitales; y la que tiene su epicentro en despachos de alcaldes y concejales de media Galicia. Veremos a cuál sobrevivimos. Las dos últimas operaciones policiales de resonancia pueden hacen perder cualquier esperanza de que la clase política ha tomado nota de lo que se juega cuando en su cesto se acomodan manzanas podridas. Sorprende que quienes honradamente se dedican a la cosa pública no digan basta ya a quienes están haciendo tanto daño a la democracia. Sorprende que algunos responsables públicos declaren alegremente que tampoco pasa nada por pedir trabajo para un familiar o un amigo, que algunos (ayer, sin ir más lejos, una edila coruñesa) defiendan actuaciones irregulares amparados en que quienes las cometen son «seres humanos» (sic), que tengamos que escuchar a imputados justificarse con presuntas manías persecutorias de tal o cual jueza. Sorprende, en fin, que los líderes de los principales partidos en Galicia no salieran ayer a la palestra (¿tenían algo más importante que hacer?) para decir hasta aquí hemos llegado y pretendan zanjar esta crisis, porque es una crisis en toda regla, con clásicos del estilo «respeto a la justicia y a la presunción de inocencia» (faltaría más). Todo lo cual da pistas sobre el futuro que nos espera: cualquier día se sacan de la manga una comisión anticorrupción (otra más) y se quedan tan anchos.