Sobre el copago


En un plano teórico, el copago en medicamentos puede contribuir a la solvencia del sistema sanitario por dos mecanismos. Por una parte, reduciendo una demanda quizá innecesaria (vivimos en una sociedad medicalizada en exceso). Por otra, generando, en pequeña escala, una fuente adicional de ingresos. En ambos casos es siempre una contribución modesta puesto que debe mantenerse dentro de un marco que respete dos principios esenciales: accesibilidad y equidad. En otras palabras, no impedir el cuidado necesario ni poner obstáculos a los más desfavorecidos, sea en términos de renta o de salud. Por consiguiente, siempre moderados, con tope explícito y con capacidad para discriminar (positivamente) a colectivos especiales vía exenciones.

Si saltamos a un plano menos abstracto, las cosas son más complicadas. No es fácil calibrar la medida para que reduzca el consumo innecesario, un concepto bastante elusivo, sin efectos secundarios. Tampoco es sencillo en la práctica trazar la línea que discrimina una situación personal injusta de otra que no lo es. Siempre, lógicamente, en relación con el «bien» superior que supone mantener la solvencia y sostenibilidad de un sistema, que en su conjunto es socialmente (muy) deseable. Cualquiera puede entender que estamos ante un equilibrio ciertamente complicado. Pero ello no quita, sin embargo, que si se respetaran escrupulosamente estos principios fundamentales, no existiría ninguna diferencia entre medicamentos prescritos dentro o fuera del hospital. Un paciente hospitalizado eventualmente será dado de alta, y un paciente ambulatorio es susceptible de algún ingreso. Evitar perjuicios a pacientes concretos, quebrantando los principios mencionados más arriba, es lo esencial, pero ello es independiente del lugar donde resulte ser atendido el enfermo en un momento determinado. Especialmente si, como se viene insistiendo, la continuidad e integración de la atención exige difuminar las fronteras entre la atención hospitalaria y la primaria.

En este asunto convendría eliminar la confusión que se está creando y centrarse de verdad (no solo en copago, también en situaciones donde la injusticia tiene otro origen) en que el sistema sanitario sea algo más que nominalmente universal, eficiente y equitativo.

Por Enrique Castellón Médico y economista

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