Algo está podrido en Dinamarca, advierte el guardián del palacio, Marcelo, a Hamlet y a Horacio en la tragedia de Shakespeare. Hablan de mentira, de corrupción, de política... Algo está podrido en el Parlamento. Algo se pudre en AGE consintiendo o alentando que un diputado se encuentre a 2.700 kilómetros de sus responsabilidades. En un año, la coalición de Beiras, que se alzó en zapatos para entrar por la puerta grande en el Parlamento, a la que se apuntaron miles de electores porque en ella vieron una alternativa, se ha dado de bruces con la cruda realidad de sí misma. No se puede predicar que uno es antisistema dentro del sistema y practicar lo peor que nos ha dado el sistema: los tics de los (hasta ahora, pero cada vez menos) grandes partidos, en los que la norma general es muchas veces lo contrario de lo que debería ser, en los que la norma general es tantas veces el interés particular. Mantener a un diputado con residencia en Dinamarca no es una estrategia de país, sino de partido, o de partido/partido. El mismo que hace un año anunció una revolución en la política gallega. Y resulta que la revolución era esto: aporrear el escaño a 2.700 kilómetros de distancia.