En la sociedad de la hiperconexión virtual estamos cada vez más solos. Podemos jugar on-line, y comunicarnos con un desconocido que vive en otro continente, y al mismo tiempo ignorar que el vecino se ha muerto. Hay muchas soledades. Las más dramáticas son las de los ancianos para los que vivir solos no es una opción voluntaria. Son aquellos que «nadie echa en falta», hasta que lo más real de la muerte viene a manifestar el carácter de desecho que ya les había alcanzado en vida.
Estos casos son la expresión más evidente de que los lazos sociales y familiares son cada vez más efímeros y precarios. Según la organización Euromonitor International, el número de personas que viven solas en el mundo pasó de 153 millones en 1996 a 277 millones en el 2011. Pero donde se produce el mayor incremento de hogares unipersonales es en los países de economía emergente (China, la India y Brasil). En Galicia en el 21,7 % de los hogares vive una persona. Pero el país del mundo donde más gente vive sola (el 47 % de los habitantes) es Suecia. En Noruega es el 40 %.
La tendencia es que, cuanto mayor desarrollo alcanza un país, más gente vive sola. Pero conviene aclarar que vivir solo no siempre equivale a estar solo y, por el contrario, vivir en familia no es una garantía contra la soledad. Existen las soledades compartidas y cada vez más, en nuestras casas, cada miembro del hogar hace de una pantalla su compañía fundamental. El aislamiento va así de la mano de la hipercomunicación virtual, cada vez más banal. Por eso las relaciones ceden su protagonismo a los contactos. Vamos camino de constituirnos en la sociedad de los unos solos.