Las pequeñas corrupciones son el estiércol perfecto para la gran corrupción. Esas telas de araña que se van tejiendo alrededor de los ciudadanos y que atrapan conciencias para que muchos acaben pensando que el mundo funciona así, que cualquiera se aprovecharía si tuviera la ocasión de acercarse a la tarta, y que el que no pilla una porción de pastel es tonto. Esta lógica del trapicheo arraiga con fuerza, porque su puesta en práctica siempre exige menos esfuerzo y siempre va acompañada de cierta rentabilidad. ¿Por qué presentarse a un examen para obtener una licencia de caza si se puede hacer un regate legal pagando unos eurillos? Para apuntalar la teoría, solo queda recurrir a la fuerza de la costumbre y repetir que otros lo han hecho antes y otros lo harán después. ¿A quién le importa? Pero sobre en esa base teórica y práctica se acaban cultivando nuevos y mayores escándalos. Y todo comienza justificando el fraude cotidiano.