Todos los vienes se monta un mercadillo en el acuartelamiento de la Brilat en Afganistán
28 abr 2013 . Actualizado a las 16:00 h.Es viernes en Qala-i-Naw y es el día de descanso para los afganos. Es algo que se percibe en la base española. Ya no es que no hayan venido los habituales trabajadores civiles, es que algunas rutinas se ven ligeramente modificadas. Se celebra una media maratón, y los horarios de la cafetería y de la cantina, así como los del comedor, se amplían ligeramente.
Sin embargo, lo que de verdad pone de manifiesto que es una jornada diferente es que el acuartelamiento que dirige la Brilat acoge un mercadillo, una feria en la que uno puede adquirir toda clase de efectos y donde es necesario dominar el arte del regateo.
Son las tres de la tarde y los primeros comerciantes se agolpan a las puertas de la base. Algunos tiran de carros, mientras que otros manejan vehículos a motor de vistosos colores. Hay quien, incluso, anuncia en ellos un correo electrónico de hotmail por si el interesado en cuestión quiere ponerse en contacto con el vendedor. T.I.A., como se suele decir aquí. «This is Afghanistan» (Esto es Afganistán), un país entre los tres más pobres del planeta y en el que tu interlocutor, un cabrero, puede contestar a un Iphone mientras intenta entablar conversación con uno.
Antes de poder montar sus puestos, los ambulantes deben sortear hasta cuatro controles de seguridad. Está claro que no todo el mundo puede acceder porque sí al cuartel. Solo lo hace personal de confianza que ha sido investigado hasta la extenuación por la inteligencia española para descartar cualquier tipo de relación con la insurgencia. Cualquier lazo que se detecte, por nimio que pudiera parecer, supone la inmediata revocación del permiso para adentrarse en el acuartelamiento.
Asimismo, disponer de autorización no implica entrar sin más en el bastión gallego. Los vendedores deben superar toda clase de registros. Perros adiestrados revisan sus vehículos, miembros de la Policía Militar procedentes de Valencia comprueban con espejos que no haya bombas adosadas a los bajos de los motocarros -hace escasos meses ya se vivió en la localidad de Qala-i-Naw un episodio con motobomba, y no precisamente de las que se emplean en las piscinas-, así como cachean a todos los que quieren ofertar sus productos a los militares. Ni siquiera los niños se libran, conscientes de que en otras partes del país la insurgencia ha echado mano de menores a los que les habían colgado un cinturón de explosivos.
Además, y en el caso de que existan dudas entre la foto que acompaña a la autorización y la persona que la porta -en Afganistán no existe el DNI, aunque se tiene intención de implantar uno similar al español-, se ha previsto un último control de seguridad: el de retina.
Ya dentro de la Ruy González de Clavijo, los comerciantes se sitúan a ambos lados de una larga explanada. Ha llegado la hora del regateo. Ya se trate de una alfombra, de un burka, de una bayoneta soviética o de un «Trolex» -falsificación de un Rolex-, uno tiene que negociar el precio final. En el caso de los relojes de imitación, pueden llegar a pedir hasta sesenta euros por un modelo en concreto, aunque, a base de paciencia, se puede rebajar esta cantidad hasta conseguir tres por veinte euros. La cara de satisfacción del vendedor deja claro que, aún así, ha salido ganando. Y por ocho euros, cuatro supuestos Gucci.
Muy demandadas también son las linternas. Al anochecer la base queda completamente a oscuras para evitar posibles hostigamientos nocturnos por parte de la insurgencia. Un vistazo a los puestos y se saca la conclusión de que resulta más barato comprarse una con pila incluida, que la propia pila por separado. Lo dicho, T.I.A.
En cualquier caso, existen una serie de normas para todo aquel que compre determinados efectos. Así, si se adquiere un burka u otra prenda de vestir, se debe llevar a la sección veterinaria antes de traerlo a España, mientras que si de lo que se trata es de un cuchillo o una bayoneta se tienen que visitar las dependencias de la Guardia Civil en la base para que tramiten un certificado dando cuenta de que tendrá un uso ornamental. De otra forma, no podrán viajar en el avión de vuelta a casa.
Y mientras se nota que el fin de la misión está cerca. Decenas, por no decir centenares, de militares españoles y estadounidense aceleran sus últimas compras. Piezas talladas de madera, monedas antiguas, pipas de agua, mochilas, mecheros Zippo... Se nota que muchos ya no estarán en Qala-i-Naw cuando el próximo viernes el mercadillo abra de nuevo sus puertas.