Serafín Díaz repasó ayer los elementos de «sabotaje» que se fueron disponiendo en la sala de máquinas del Prestige para evitar el encendido del motor. Desde una válvula de combustible cerrada, hasta varillas de bombas de inyección que estaban en buen estado y después, tras una breve ausencia al puente de mando, aparecían rotas, según su testimonio. «Solo pudieron romperse intencionadamente», dijo, «Casi se podría hablar de sabotaje», aseguró, para después volver a utilizar esa palabra sin el casi. «Querían retrasar la puesta en marcha del barco, pues no había razón para que no se arrancara el motor». «Estaban jugando con nuestras vidas», añadió. Detrás de esta estrategia, opinó, estaba la intención de que el barco «embarrancara en la costa». Pero no queda claro con qué objetivo, pues los propietarios de la carga cobraron el seguro perdiéndola completamente.
El abogado del jefe de máquinas, Paulino Pérez Riveiro, trató de desactivar la larga lista de obstáculos a la que se refirió Díaz Regueiro. Pero aportó una clave importante: si el relato del sabotaje se lo contó al capitán marítimo, ¿por qué este al día siguiente solo denuncia a Mangouras y no al jefe de máquinas?