Manuel López Vilela, 46 años, operador de planta química de la empresa Air Liquide, que trabaja para la refinería de Repsol en A Coruña, conoce al dedillo la ruta Ferrol-A Coruña, desde O Couto, en Narón. Trabaja a turno, unos días entra a las seis de la mañana y otros a las diez de la noche. Ha calculado al milímetro los costes y sabe que el coste del peaje ya no es lo que era. «Por eso últimamente he decidido viajar por la nacional», dice. Prefiere ir por la vieja N-VI (N-651), ya no utiliza la AP-9. Eso sí, tiene que conducir con más cuidado, y le lleva más tiempo.
No hace tanto utilizaba la alternativa de ir hasta el peaje de Guísamo por la nacional, entrar en la autopista hasta A Coruña, y desviarse hacia la refinería. Así, pagaba solo 2,90 euros al día. De regreso, hacía lo mismo o utilizaba solo la nacional, según el turno al que estuviese y el mes del año. Porque, reconoce, en agosto «no hay quien pase por Pontedeume si está de fiestas». Por eso regresa por la AP-9, pagando. Son unos cien kilómetros de distancia entre uno y otro punto. Manolo también se ha convertido en un experto en meteorología, sabe los puntos de la carretera donde, a las horas en las que viaja, puede encontrarse la carretera helada. Un despiste puede ser fatal. Son ocho horas de trabajo y dos de ida y vuelta. ¿Qué tramos son los más peliagudos? «No lo sé, responde, pero esa zona de Oleiros o Espíritu Santo, cerca de A Coruña, es que no la recuerdo sin obras, obras y obras». Lleva unos nueve años con este ir y venir: trabaja siete días seguidos, según el turno que le corresponda, y tiene libre otros cinco. Si entra a las seis de la mañana, da el adiós a su mujer a las cinco menos cuarto. Reconoce que «lo peor son los atascos a la entrada a A Coruña». En Guísamo se pone en media hora y el resto del tiempo es para llegar a su trabajo en la refinería. Va tan concentrado que apenas retiene a otros usuarios habituales de la carretera a su hora. Va solo a lo suyo.
manuel lópez ferrol-a coruña