«Quinín» no quiere ser jamón

El marrano críado en Dumbría cuyos modales le sirvieron para evitar el matadero vive hoy feliz en una finca de Carral, salvándose por quinto año de la cita con San Martiño


No es James Bond, pero tiene una extraña habilidad para eludir la muerte cuando peor pinta. El bueno de Quinín acaba de escapar indemne de su quinto San Martiño.

El célebre marrano, al que salvaron del matarife, cinco años atrás, sus buenos modales y su sociabilidad -aprendida de la perra Tila, con la que paseaba por las aldeas de Dumbría como si de otro can se tratase-, sigue vivo y feliz en el refugio de Carral al que llegó indultado desde su Costa da Morte natal.

Ya no es el simpático cocho que salía a la calle y se dejaba acariciar. «¿Pasealo? Habería que pechar as rúas ao tráfico», dice Castro, quien acude cada día con su mujer, Francisca, a darle de comer al bicho, que hoy pasa de largo de los 300 kilos de peso y comienza a parecerse más a un toro que a un lechón.

Con todo, dice Pedro Castro, sigue siendo cariñoso y se deja cepillar -aunque ya no lo hacen mucho porque la limpieza le dura un suspiro-, si bien sus larguísimos colmillos y su velocidad comiendo no invitan mucho a coger en brazos a la mascota.

El bueno de Quinín arranca el cemento del portalón con las pezuñas y arrasa con las vallas que le ponen en la finca para tratar de mantenerlo en los límites de la parcela. El bicho se escapó ya muchas veces. Los campos de maíz de unos vecinos notaron el envite, y también las higueras de otra parcela cercana donde se puso las botas, tanto que durante un tiempo el marrano estuvo inapetente. «Non me estraña, os figos estaban moi bos», cuenta Francisca.

Quinín mira con curiosidad a sus nuevos visitantes, pero presta mucha más atención al cubo con 25 kilos de comida que le lleva Francisca. La mezcla de sobras de la cocina, pan, berzas, maíz y salvado se la riegan con más de cinco litros de agua -se la cogen en una fuente en Cambre- para hacerla más ligera. El rancho le dura apenas cuatro minutos, en los que Quinín se muestra como un profesional del trasiego. Además, los vecinos le lanzan mondas de fruta y berzas, de las que da buena cuenta.

Más allá de sus habilidades gastronómicas, Quinín es también exquisito en el dormir. «Ten moitas suites», dice Pedro Castro. El gorrino se construyó una especie de piscina en un extremo de la finca, y se hizo diversos habitáculos, uno entre las silvas, otro bajo un árbol. Cada día duerme donde más le apetece.

Aunque no sale («fan falla tres ou catro homes para levalo de volta»), hace bastante deporte y se pega sus buenas carreras. Debe andar por los seis o siete años, pero mantiene un regio porte y exhibe buena musculatura y notables puntas de velocidad. La soledad la lleva bien. «Búscase a vida», dice Francisca, aunque es mejor no llevarle la contraria «porque é perder o tempo». El animal, capado, se apaña bien solo y tiene su futuro garantizado. Pedro Castro tuvo hace años una cerda, Preciosa, que le hizo saltar las lágrimas el día que se la llevaron. Quinín tendrá mejor futuro. Se le ve en los andares.

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