La maldición de la talla religiosa

El ladrón de la imagen de san Pedro dice que la abandonó porque, tras robarla, tuvo un accidente de tráfico, perdió su trabajo y a su novia y se cortó dos tendones


ourense / la voz

Dijo que para él deshacerse de la talla religiosa ha sido como una liberación. El joven de Verín detenido el pasado miércoles como presunto autor del asalto a la iglesia parroquial de Santa María de Soutochao, en la localidad ourensana de Vilardevós, de la que se llevó una imagen de san Pedro que luego abandonó, sorprendió a los agentes al confesar enseguida su participación en los hechos. Quería confesar.

Y es que el plan que el joven Raúl P.?S., de 22 años y con antecedentes penales, concibió hace unos meses como una fórmula para conseguir dinero fácil no le ha deparado más que desgracias. No solo no logró vender la talla -porque en realidad se equivocó de botín y la imagen que se llevó de la capilla no tenía ningún valor artístico o religioso al ser una copia de otra original, también robada-, sino que, además, en las semanas posteriores al robo le sobrevinieron tantos infortunios que terminó por pensar que aquello era como una maldición. La maldición de la talla de san Pedro.

Así se lo contó a los agentes del equipo de investigación de la Tercera Compañía de la Guardia Civil de Verín, que han llevado este caso. El joven aseguró que en los últimos dos meses y medio -el robo tuvo lugar a finales de diciembre- le ha pasado de todo. Y todo malo. Primero tuvo un accidente de tráfico cuando conducía su propio coche. Después, su novia lo abandonó. Por si eso no fuera suficiente, perdió un trabajo que había encontrado en Pontevedra y, además, en otro percance, se cortó dos tendones.

Decidió abandonarla

Ante tanta adversidad, el sospechoso decidió abandonar la talla en un monte, no fuera a ser que su mala suerte continuase al alza. Además, sabía que la Guardia Civil le seguía la pista porque, gracias a una llamada anónima, se había descubierto que había estado tratando de vender la imagen en un bar de Verín. Infructuosamente, porque nadie quiso pagar un duro por un santo de 70 centímetros de largo, 12 kilos de peso y fabricación industrial. Así que lo tuvo claro: el pasado lunes acudió a un monte cercano a la villa en la que reside y dejó la talla oculta entre la maleza. Estaba en perfecto estado cuando la encontró un particular que paseaba por la zona, porque el acusado, al parecer, se había preocupado de dejarla bien colocada. Tal vez lo hizo para intentar reparar el daño, a su manera, y de paso tratar de alejar de sí la mala suerte.

Un delito de robo

En todo caso, lo que no podrá eludir es una acusación formal por un delito de robo. Dada su explícita confesión, todo apunta a que tendrá que responder ante la Justicia por un delito de robo con fuerza -para entrar en la iglesia habría tenido que forzar la puerta de entrada- que podría acarrearle una condena de prisión de entre uno y tres años. Quizás su arrepentimiento de ahora le sirva como atenuante, aunque será el fiscal quien se encargue de valorar si esa conducta puede ser o no expiatoria. Al menos en lo que respecta a la parte legal. No ha trascendido si el sospechoso tiene o no creencias religiosas. Por sus actos, se supone que no demasiadas, pero después de todo lo que le ha ocurrido, seguro partir de ahora se lo piensa mucho antes de robar en una iglesia. Por si acaso.

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