El político honesto

GALICIA

En la muerte de Manuel Fraga se ha destacado, con justicia, que fue fundamentalmente un gran servidor del Estado. En su caso es un elogio de doble filo, porque también sirvió a una férrea dictadura. Eso nadie lo puede borrar ni él nunca lo pretendió, ya que no podía renegar, y nunca lo hizo, del régimen que lo convirtió en ministro. Pero sus contribuciones en tiempo de democracia fueron extraordinarias y vale la pena repetirlas una y otra vez: figura clave de la transición, padre de la Constitución, creador del partido de centroderecha más importante de la historia española que hoy gobierna España, integrador de la ultraderecha en el sistema democrático, presidente de la Xunta que impulsó la modernización de Galicia. Se ha valorado su gran capacidad de trabajo, su vasta cultura, su gran inteligencia, que supo ser generoso cuando se dio cuenta de que tenía que dejar paso a otros. También su carácter endiablado y volcánico, que quizá fue decisivo para que no lograra su gran sueño de ser presidente del Gobierno. Pero en unos tiempos en los que la corrupción está a la orden del día (de Matas a los ERE andaluces) hay que resaltar que nadie puso nunca en duda su honestidad personal en sus 60 años de abigarrada carrera. Es un valor que debería darse por supuesto en un político, pero desgraciadamente no es así después de más de 30 años de democracia.