Fraga, puntual hasta en el adiós

Cientos de personas despidieron al expresidente de la Xunta en el cementerio de San Pedro de Perbes.


perbes / la voz

Cuando el cardenal Rouco llegó a Perbes para enterrar a Fraga, Fraga ya estaba allí. La comitiva fúnebre que partió de Madrid poco antes de las diez de la mañana alcanzó el cementerio parroquial a las cinco menos veinte, con cinco minutos de adelanto sobre el horario previsto (16.45) en el protocolo. «Aí o tes: Xenio e figura», decía alguien entre dientes.

Colocados como un regimiento de cariátides sobre un muro de contención que tiene vistas directas al camposanto, cuarenta músicos de la Real Banda de Gaitas de la Deputación de Ourense recibieron al expresidente de la Xunta con el Himno do Antergo Reino de Galicia. En el plano inferior, dirigía la partitura Xosé Luis Foxo. Los nietos de Fraga sacaron el ataúd del abuelo del coche fúnebre, alguien colocó una bandera de Galicia sobre la caja y don Manuel entró en la pequeña iglesia dedicada a San Pedro pasando revista ante el respeto de la mayor concentración de políticos y autoridades que jamás haya llegado a Perbes: desde José María Aznar y su esposa, Ana Botella a la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría; los ministros Alberto Ruiz Gallardón, Ana Mato y Ana Pastor; o los presidentes de Galicia, Castilla-La Mancha y Asturias, Alberto Núñez Feijoo, Dolores de Cospedal y Francisco Álvarez Cascos, respectivamente, entre otros.

El féretro llegó con la bandera gallega y se le añadió la española

El funeral de cuerpo presente, al que solo asistieron la familia y las principales autoridades por lo escaso del aforo, duró alrededor de una hora. Y por fin salió de nuevo el ataúd con los restos de Fraga, cubierto esta vez por dos banderas: la de Galicia y la de España. La segunda la trajeron con retraso, pero España llegó a tiempo. Cientos de personas se apretujaban en el exterior para despedir al político, al amigo, al vecino; a don Manuel. No se oía otro nombre.

Sobrecogía la imagen de una de las hijas de Fraga, Adriana, tocada por una mantilla negra mientras caminaba triste con un cirio blanco en la mano. Vibraron entonces los punteiros tumbales de la Real Banda con el Himno Galego. Y Rouco bendijo por última vez el féretro de Fraga, antes de que sus nietos auparan al padre de sus padres a la cuarta altura del panteón familiar, sobre los restos de la abuela Carmen, que murió en 1996. Allí descansa para siempre quien fuera presidente de Galicia durante dieciséis años, en un nicho forrado de granito negro, junto a la familia Dopico Díaz. «¡Viva Galicia! ¡Viva España!», gritó alguien. La respuesta fue más discreta de lo que cabría esperar. En el cementerio de Perbes olía a hierba recién cortada, a mar. Y aún se escuchó un último viva, salido de la garganta desgarrada de una mujer que seguía el entierro desde una finca alta: «¡Viva don Manuel!». «Eso iba a decir yo», se lamentaba vecino que tampoco anduvo ligero en la despedida de quien hizo de la puntualidad una seña de identidad. Entre los muchos ramos que llegaron llamaba la atención uno, por lejano: el que envió el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas.

«Se quiso despedir como un gallego más al lado de su casa y con su mujer»

Alberto Núñez Feijoo

«Nos hemos convertido todos en deudores de su obra, por eso hemos venido aquí »

Francisco Álvarez-Cascos

«Manuel Fraga foi un home que desparramou o seu gran corazón por España enteira»

Jesús Pérez Varela

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