«Ahora ya nada importa»

maría cedrón REDACCIÓN / LA VOZ

GALICIA

El paro ha llevado a algunas personas a tener que dormir al raso

30 nov 2011 . Actualizado a las 10:45 h.

Hay una ruta entre Bucarest y Galicia que atraviesa Europa. En los Estados del Este los pasajeros van ascendiendo las escaleras del ómnibus que la recorre para luego ir descendiendo a lo largo de los Estados del Oeste. En Rumanía, Polonia... suben. En Alemania, Francia, España... bajan. Así fue como, supuestamente, Eugen llegó a Vigo. Desembarcó por tierra después de haber completado todo el camino hasta el mismo lugar en el que hace más de cien años empezaron a embarcar miles de gallegos con rumbo a América.

El lunes por la noche descansaba en un cajero automático de A Coruña. Lleva ahí más de un mes. En dos días podrá volver a coger cama en el albergue. «Puedo ir ocho días cada mes», explica en un español que entremezcla con palabras en rumano e italiano. El castellano le cuesta. Ayudándose de un bolígrafo y una libreta relata que trabajó en la construcción, que es pintor, pero, dice, podría hacer cualquier otra cosa. «De todo, de todo. Quiero trabajar para poder enviar dinero para allá. Pero no hay trabajo, no puedo, perdí aquí el carné y estoy esperando a que envíen uno nuevo de la embajada en Bilbao. Llega a mediados del mes que viene», explica ayudado de los gestos.

Y entonces empieza a recordar a la familia. Es duro estar durmiendo enrollado en una manta. Debajo de ella tiene cartones para que el frío no le entre en el cuerpo. Tose. Y las lágrimas le hacen detenerse. No tiene palabras o no le llega la voz para expresar lo que puede sentir una persona que lo dejó todo para escapar del hambre y que ahora ha acabado durmiendo en la calle. Busca un trabajo, como tenía al llegar aquí. Lo corrobora enseñando la tarjeta sanitaria. Porque vino para eso, «porque en Rumanía hay mucha hambre».

Parado de larga duración

Unas horas más tarde, el viento del suroeste, el que arrastra hasta Compostela el temporal de la ría, empuja las hojas secas hacia el párking de Xoán XXIII. Ahí, varios colchones enrollados reposan junto a una de las paredes del aparcamiento. Ya pasan de las nueve de la mañana y en esas camas improvisadas únicamente queda un hombre. Se llama Antonio y vino de Madrid hace ahora un año. Acaba de despertar y fuma un cigarro lentamente. Tiene la mirada triste. Perdió el trabajo de camarero, acabó en el paro, terminó toda la prestación y vino a Galicia en busca de algo con lo que poder ir tirando. Pasa de los cuarenta largos y no encontró nada. Ahora está en la calle. Hace frío, pero dice que «con varias mantas estás bien». Habla observando la pared, como no queriendo mostrar un rostro cansado, agotado. Desanimado. «Ya nada importa, no voy a encontrar trabajo», dice.

Varios colchones

El cigarro es el primer paso de una rutina diaria. Después de levantarse irá a tomar un café, luego a pedir a la puerta de un templo y, poco a poco, como todos los que están en la calle, observará cómo transcurre el día, cómo la gente camina y la vida no se detiene. El espacio en el que descansa no es el único que parece ocupado bajo el párking de Xoán XXIII. Hay varios colchones enrollados, resguardados de la lluvia que parece acercarse por el oeste. «Hay unas ocho personas más. Nos llevamos bien», asegura. Los otros han madrugado. Ya no están ahí. Queda únicamente el rastro.

Y en esa rutina aguarda el día en el que poder volver al refugio. Le toca el día después de Navidad. «Cada uno tenemos un día de entrada programado porque podemos estar una semana por cada mes», explica. Sin embargo, no es un hombre de muchas palabras. Sí educado, muy educado. Para hablar más solo le basta la mirada. Está triste, cabizbaja. Es mustia. Basta observarla un momento para pensar que los que duermen en la calle son como esas hojas secas que el viento arrastra con fuerza ahí. Y nadie se para a recogerlas. Nadie mira.

4.000

Personas que no tienen un techo bajo el que cobijarse.

Esta es la cifra que aporta Cáritas para toda Galicia.