El atropello de un animal salvaje puede convertirse en una lamentable tragedia. Cuando menos, en un gasto considerable para el automovilista que se queda con su coche desgraciado de la noche a la mañana. Son sucesos que se viven día a día en las carreteras gallegas y nunca se le ha buscado una solución. Sin embargo, habría que tener en cuenta también que unos 2.500 animales perecen todos los años bajo nuestros automóviles. En los países nórdicos, donde no viven la angustia diaria de ver cómo la deuda soberana se pone por las nubes, no es delito atropellar un bicho silvestre, pero sí el hecho de no informar de ello a la policía. Las advertencias en las vías sobre la posible presencia de especies en libertad son constantes. En Finlandia o Suecia te hacen circular casi a paso de procesión por lugares en los que se supone que un reno, un alce o un ciervo pueden darle la sorpresa al conductor y saltar delante del vehículo. Incluso con la obligación de detenerse. Y no por eso se les cae la paletilla.
Si lo tuviésemos en cuenta nosotros, igual conseguíamos dos objetivos: evitarnos tragedias y ser más humanos con la naturaleza.