Cuatrocientos vecinos contra la desaparición

El concello se enfrenta sin remedio y sin dramatismo a su agonía censal


A TEIXEIRA / LA VOZ

A Teixeira, un pequeño concello ourensano entre la montaña y el Sil, atesora, además de un hermoso paisaje, una de las peores curvas demográficas de Galicia. En 1981 tenía 2.030 vecinos; en el último censo, solo sumaba 447. Por cada cinco habitantes que había hace 30 años, hoy solo queda uno. Desaparición acelerada. «Hay que tener en cuenta que los censos de aquella época no se hacían con el rigor de ahora y es posible que estuvieran inflados», opina el alcalde. Lo dice desde su despacho en el centro de salud. Miguel Antonio Cid es el alcalde y el médico y en el momento de la entrevista, un día laborable a media mañana, el centro no tiene ni un solo usuario, un aspecto insólito en cualquier ambulatorio de Galicia: «Ha coincidido -justifica el regidor-, pero sí, es un sitio tranquilo». Tranquilo a más no poder. Un hombre que cava una regata alrededor de un gallinero de ladrillo y que recela de darme su nombre pero no su edad (82 años) asegura que durante los más de 30 años que mantuvo granjas de pollos y cerdos, nunca cerró una puerta «e nunca me faltou nada». El abuelo es el prototipo del resistente rural gallego: crió tres hijos que se fueron a buscarse las castañas fuera de allí y asegura que no se mueve de A Teixeira ni a cañonazos: «¿Que teño que facer en Ourense? Aburrirme metido nun piso». El hombre se vuelve a su faena, a acondicionar el que probablemente podría competir por ser uno de los gallineros con mejores vistas del mundo, asomado a la grandeza verde del Sil. El abuelo presume de salud: «Se traballo moito déitome algo canso. Pero pola mañá xa estou ben». «Aquí tienen todos muy buena salud. Y son muy longevos. Es posible que alguien de su edad que emigrara a Barcelona tenga ahora una mejor pensión, pero estoy seguro de que la calidad de vida del que se quedó es mejor», confirma Miguel Antonio Cid. Claro que eso no evita que el concello agonice demográficamente. El censo cae cada año entre un 6 y un 8% y la oportunidad que ha supuesto el auge del vino y el turismo en la Ribeira Sacra durante los últimos años apenas se ha hecho notar. ¿La razón?: todo el mundo es demasiado viejo para meterse en aventuras, Telares en Cristosende A dos kilómetros de allí, en Cristosende, hay algo más de movimiento. Anna Champeney y Lluis Grau, una inglesa y un catalán, regentan un negocio de artesanía. Ella hace tintes y teje mezclando la tradición y la vanguardia. Él maneja la madera. Hace once años que fijaron allí un punto de encuentro entre Londres y Barcelona: «Somos gente de fuera que ha venido con otra visión más positiva». Frente a los que se fueron, ellos intentan demostrar que es posible encontrar oportunidades allí. -¡Se quere un viño, pare! La oferta parte de una pareja de jubilados acodados cada uno a la puerta de su bodega en una de esas estrechas calles de aldea. Ya lo creo que paro. Tino y Luis participan de esa liturgia diaria: van a coger una botella para comer, se encuentran a la puerta y se bajan otra entre los dos. «Pouca xente -dice Tino-. Hai máis en Brasil e Venezuela que en todo o concello». Aunque el censo dice que son 447, Tino opina que, viviendo allí, no superan los 300. Como los soldados de Leónidas, defendiendo un territorio sin población. En Abeleda, muy cerca ya del Sil, vive Breogán, el ciudadano más joven censado en el concello. Nació en septiembre y es uno de los pocos niños de todo el municipio. De hecho, cualquier vecino de A Teixeira a quien se le pregunte es capaz de dar santo y seña de todos los menores que han nacido en los últimos diez años. Breogán es hijo de la emigración interior. Sus padres, Javier y Montse, llegaron desde Vigo hace un decenio, cansados de la ciudad. También encontraron su oportunidad y desde hace cuatro años regentan una parrillada que, aunque empieza a notar la crisis, les ha dado para comprarse una casa en la que crecerá Breogán: «Hay coches que cuestan más». La trayectoria de Javier pone en solfa la leyenda de que en estos sitios no hay trabajo: «Yo estuve varios años a jornales. Y nunca me faltó. Aquí, en la vendimia, se pueden ganar hasta cien euros diarios. Y no es fácil encontrar gente para contratar», dice Javier mientras da de comer a su hijo y su esposa atiende las mesas del negocio, que comenzó con una desbrozadora: «A mí me gusta apuntar las cosas y le puedo asegurar que en siete años la máquina ha trabajado al menos siete mil horas. Las tengo apuntadas». ¿No hay trabajo? -Y Breogán, ¿se quedará aquí? Javier sabe que no: «Supongo que cuando empiece la ESO se irá a Vigo». Está claro que nada puede parar el declive demográfico. A TEIXEIRA (OURENSE)

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