Gerardo, cuarenta años de soledad

La Voz

GALICIA

Gerardo tiene 72 años, los últimos cuarenta de absoluta soledad. Comparte la aldea de Garduñeira (Chandrexa de Queixa) con otros pocos vecinos con los que apenas se relaciona. Sus obligaciones están con sus cuatro vacas que le dan para vender un becerro al año, la huerta y su salud, que empieza a quejarse de la edad. «Amáñome ben só», dice. Él se hace la comida, limpia la casa, lava la ropa... ¿la plancha?

-¿Para que?

Allí, en medio de un valle que conmovería al mismísimo Frodo Bolsón, frente a la escasa cabaña a la que grita en un idioma extraterrestre, resulta difícil entender por qué tendría que plancharse la ropa. Gerardo no gasta más palabras de las necesarias. No le gusta jugar la partida, ve poco la tele, el fútbol no le interesa. Ni el vino, que apenas consume. ¿Tuvo novia? Se encoge de hombros: «Antes pasábase o rato como se quería. Pero antes era antes».

Gerardo vivió siempre en su casa. Toda la vida. Tuvo una hermana que se casó, se marchó, enviudó y apenas regresa por allí.

-Lo que peor llevará será estar tan solo, ¿no?

«Xa estou afeito -contesta desde un oceáno de tristeza-. Levo así corenta anos».

Los tres Rodríguez

En Celeiros, la capitalidad de Chandrexa de Queixa, Domingo se mete un copazo a las once de la mañana. En el bar apenas hay otros tres solteros de edades diversas y el matrimonio que regenta el boyante hostal. Domingo viene del banco y los otros le toman un poco el pelo:

-¿Viches a nova empregada?

El hombre contesta con un rijoso comentario que lo políticamente correcto impide reproducir en su literalidad, pero que da pie a una charleta de bar más masculina que el Varón Dandy, y acaba repasando la historia de algún solterón desplumado por una mujer. Chandrexa tiene un porcentaje de hombres casi idéntico al de Cervantes. Hay solteros para aburrir. Entre 15 y 65 años el 61% son varones: 218 contra 138. Un cuartel.

Acompañamos a Domingo (72 años y soltero), hasta su casa, en una parroquia cercana, donde vive con sus otros dos hermanos, Martín y Ramón, mayores que él. En la cocina, el tono de la charla no es nada triste. Domingo, que admite ser el encargado de la intendencia, se prepara para ejecutar el recurso gastronómico más primario: tres filetes a la sartén. Los otros dos hermanos comentan la jugada, recuerdan viejos tiempos. Más bien lo hace Martín, el mayor, porque Ramón sufrió un ictus hace una temporada, del que ya se ha recuperado en buena medida. Habla poco y ríe mucho. Sobre todo cuando salen historias de las viejas novias.

-Eu corrín bastante, sabía divertirme.

A Martín se le encienden los ojillos y Ramón se parte de risa. Domingo recuerda que estuvo unos años en Francia «Pero ganábase pouco, e volvín». Allí sí que había mujeres. «Había, oh», evoca con la vista perdida.

-¿Y no lamenta ahora no haberse casado entonces?

«Claro. Estas terras van quedar abandonadas, sen fillos nin netos...». Pero el grupo se viene arriba enseguida. Entre los tres se hacen compañía, van tirando. Ven la tele, «a Patricia», cuidan unas pocas vacas y la huerta; una chica de los servicios sociales les ayuda a tener de punta en blanco la casa; cada día pasan varios panaderos, el pescadero; compran mil litros de vino al año: «Un por cabeza»

«O que tiñan que facer era sementar por aí unhas cantas colombianas. Como fan coas perdices», dice el mayor, provocando otra cascada de risotadas. De momento, los Rodríguez aguantan. Todos sus hermanos y hermanas se fueron para no volver más que alguna vez al año. Sus hijos serán los herederos, aunque apenas regresarán. La última generación de Chandrexa baja la persiana.