El recorte inversor rompe el idilio entre Blanco y la Xunta

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño MADRID/LA VOZ.

GALICIA

Partidos y autonomías elevan la tensión con el ministro al que hace poco todos alababan

26 jul 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Cuando José Blanco llegó al Gobierno, hace apenas catorce meses, quienes estaban acostumbrados a su papel de hombre duro y látigo de la oposición desde la vicesecretaría general del PSOE quedaron sorprendidos con las exquisitas formas políticas del nuevo titular de Fomento, desconocidas hasta entonces en un Gobierno que siempre pensó que la mejor defensa es un buen ataque.

Desconcierto causó incluso a más de un socialista ver cómo Blanco no solo era capaz de acudir a una entrevista con Esperanza Aguirre con la mayor de sus sonrisas sino también de salir de la cita ganándose los elogios de la presidenta madrileña.

Frente al conflicto permanente con la mayoría de autonomías que caracterizó la etapa de Magdalena Álvarez, Blanco emprendió una gira por todas las comunidades para explicar sus nuevos proyectos, dejando aparentemente satisfechas a todas ellas. El ministro gallego concluyó esa tarea rizando el rizo al conseguir firmar un acuerdo histórico como el del Obradoiro con el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo, con el que muchos le auguraban un conflicto permanente a costa del AVE.

Fin del buenrollismo

El responsable de un ministerio caracterizado por la tensión con los destinatarios de las inversiones se convirtió sorprendentemente en el miembro de Gobierno con mejor relación con la oposición y al que todos los grupos políticos alababan el talante. Todo esto ocurría cuando Zapatero creía todavía que era posible superar la crisis sin una reducción drástica del déficit. Y que la inversión pública debería ser el motor de la recuperación económica. La cartera repleta de millones de euros en inversiones en infraestructuras y en puestos de trabajo para llevarlas a cabo garantizaba entonces a Blanco el respeto desde todos los frentes.

Pues bien, ha bastado que Zapatero descendiera a la realidad y que llegaran los lógicos recortes en la inversión de Fomento para que todo ese buenrollismo se viniera abajo. La comparecencia del ministro en el Congreso el pasado jueves mostró cómo aquellos que hace poco halagaban a Blanco por su sentido común y capacidad de gestión volvieran a tratarlo como el enemigo público número uno.

Ya no importaba la buena gestión y coherencia del programa de inversiones de Fomento sino el «¿qué hay de lo mío?» y el «a mí no me pares ninguna obra». Pero la cita sirvió también para ver cómo Blanco abandonaba el discurso de hombre de consenso, dialogante y con un caramelo para cada uno, para pasar a abroncar a la oposición por no ser consciente de que ahora lo que toca es parar las máquinas y ajustarse el cinturón. Y mientras antes ignoraba los elogios, el ministro se considera ahora incomprendido. «Espero que algún día, señorías, lo reconozcan, aunque sea dentro de treinta o cuarenta años; me da igual», llegó a decir cuando se puso en duda su compromiso con las infraestructuras de Galicia. Hasta Gaspar Llamazares lo acusó durante el debate de tener «tics autoritarios» y «fobias». Lo más sorprendente es que el portavoz de IU lo decía en este caso para defender los multimillonarios sueldos de los controladores.

Galicia se ha librado casi totalmente de la rescisión de contratos recién anunciada. Pero en ese nuevo ambiente de tensión política, todo indica que cuando tras el verano se conozca la reprogramación de las obras el pacto del Obradoiro puede saltar por los aires. Sería lo peor que le puede ocurrir a Galicia.