Las fogatas del solsticio de verano son el inicio de una lucha contra la oscuridad que simboliza el mal y la desgracia, al contrario de la luz, que simboliza el bien. En el momento del cénit del sol se inicia su declive y el retorno a la oscuridad del mundo. Los cristianos trataron de hacer olvidar esta fiesta, pero no fue posible. Martin Dumiense condena en De correctione rusticorum la tradición de saltar y echar pan y vino a las hogueras.
La fiesta que los romanos celebraban por estas fechas en honor de Matuta, diosa de la aurora, coincidiendo con la lactación del ganado y la fecundidad de los campos, fue cristianizada al celebrarse el día del solsticio la fiesta en honor de san Juan, precursor de Cristo y lazo de unión entre el Viejo y el Nuevo Testamento. A pesar del nombre, las hogueras de San Juan son una celebración pagana: el solsticio de verano. Los fuegos artificiales, y su sustituto el confeti, no dejan de ser una modalidad y una transformación de las fogatas de la noche del solsticio.
Las hogueras y los fuegos artificiales, estos más abundantes en el Mediterráneo que el norte, son un inmenso exorcismo. En las épocas de la electrónica, de las nuevas tecnologías, de las armas teledirigidas y de destrucción masiva, el pueblo vuelve a los métodos antiguos. Cuando las aldeas y el mundo rural la han desterrado de entre sus prácticas, las ciudades vuelven a recurrir a la superstición y el simbolismo. Uno de los últimos grandes exorcismos fue la cacerolada en contra de la guerra de Irak.
La práctica del exorcismo supone la creencia en potencias benéficas y maléficas. El ruido aleja las tormentas y expulsa de la comunidad los malos espíritus que diezman el rebaño e intimidan a las gentes con toda clase de amenazas.