«La gente viene al hotel atraída por el faro y la gran belleza de la costa»

La Voz

GALICIA

01 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

El Hotel O Semáforo de Fisterra fue un proyecto pionero. Apenas unos años después, tras su ejemplo, surgió el de Bares. Es cierto que no están ubicados en instalaciones del faro, sino en sendos edificios que albergaron en su día semáforos de banderas de la Marina -con los que se comunicaba con los barcos antes de la implantación del sistema morse-, pero pueden tomarse como ejemplo de funcionamiento de lo que sería un hotel abierto dentro del propio faro. El de Fisterra se puso en marcha en 1999, explica Desiderio Nemiña, propietario del establecimiento, tras hacerse con una concesión. Tras años de abandono, el Concello compró el inmueble a Defensa, lo rehabilitó y cedió su explotación. «Mi mujer acababa los estudios de Turismo y yo nunca había trabajado en el sector, pero nos decidimos», relata para admitir: «Los inicios fueron muy duros». El aislamiento de los faros complica suministros y servicios. Son tres kilómetros hasta el pueblo, y la línea eléctrica es de la Autoridad Portuaria; entonces el abastecimiento era deficiente. Lo mismo pasaba con el agua o el teléfono, que tardaron tres años en instalarle. «Las ventajas del paisaje no vienen solas, traen sus inconvenientes», argumenta Nemiña, que recuerda que «el invierno y la soledad» hacían que los problemas pareciesen incluso mayores. Cualquier reparación, reforma, obra o idea relativa a un edificio que data de finales del siglo XIX, añade, se convertía al principio en «un galimatías de burocracias» al depender de muchas Administraciones: Patrimonio, Medio Ambiente, Autoridad Portuaria, Concello... Hoy, aunque sigue desanimándose con tanto «cruce de capacidades normativas y de competencias», ya le resulta más sencillo desenmarañar el lío. Además, los servicios han mejorado mucho. Cuestión de tamaño El hotel marcha bien. Su pequeño tamaño es decisivo: cuatro habitaciones dobles, una individual, restaurante de seis mesas y cafetería. Hay movimiento todo el año, sobre todo a partir de abril. «El invierno acorta los días, y la gente se aventura menos porque tiene pocas horas para disfrutar del paisaje, del espectáculo del Fin de la Tierra. Porque la gente viene al hotel atraída por el faro y la gran belleza de la costa, y el clima invernal es menos propicio. En enero del año pasado -recuerda- el Klaus se nos llevó parte del tejado». Aunque es verdad, añade, que crece el peso de Fisterra como referencia en el Camino de Santiago, «y eso también suma». Los suyo son clientes de más de 40 años que buscan tranquilidad, «no van tras la marcha -bromea Nemiña-, sino en pos de unos días de descanso». En invierno los gallegos son mayoría, pero sus inquilinos vienen de todas partes de Europa. Los catalanes se llevan la palma; después, madrileños, «que siempre fueron muy de Fisterra»; entre los extranjeros, destacan franceses y alemanes. A pesar de su satisfacción, Nemiña reconoce que no sabe qué hará en el 2014, cuando caduca la concesión, pero cree que lo intentará de nuevo. Depende de su familia, pero el residir en el núcleo de Fisterra facilita este tipo de vida: sus hijos, de 5 y 7 años, no están aislados.