Subidos al escenario, parecen una troupe de cómicos de armonización imposible. Decena y media de chavales de entre diez y veinte años, formando un bosque de hadas, árboles y duendes. En medio, la profesora adapta el texto sobre la marcha y reparte frases. En cuanto se da la vuelta, el pequeño artificio se desmorona. Pero no importa, se sigue adelante. Al fin y al cabo, solo se trata de los primeros ensayos y los chavales del Infanta Elena ya han competido más veces en el certamen escolar de teatro.
Ismael, un niño de once años, se asusta con un ruido y se viene a sentar conmigo.
-¿Cómo estás?
-Bien
-¿Qué quieres ser de mayor, bombero?
-Sí.
-¿Futbolista?
-Sí.
Escribe en mi libreta algo parecido a su nombre, se ríe y se incorpora al bosque.
Los hay más parlanchines. Y menos, también. Para cada uno de ellos, afectados por síndrome de Down, dificultades de aprendizaje, autismo o cualquier tipo de deficiencia psíquica, hay un programa educativo, una adaptación curricular a su medida. «O ordenador encántalles a todos -explica Marisa Vázquez, la coordinadora del centro-, igual ata demasiado». Mientras lo cuenta, Carlos, uno de los dos espigados gemelos que apenas hablan, golpea un piano en una pizarra electrónica. «¡Piano!» clama una voz acompañada del sonido del instrumento. Y Carlos se estremece y sonríe. Comunicaciones distintas. Diferentes longitudes de onda.
Historias de integración
Entre los que más y mejor hablan está un chaval de 19 años, que pasó por el colegio y por el instituto. Él no lo cuenta por su propia iniciativa, pero cuando la directora le pregunta, relaciona las invectivas que recibía a diario: insultos demasiado fuertes. Resulta fácil imaginarse al chaval como diana de sus compañeros. «Aquí estoy mucho mejor. Todo aquello se acabó».
«É verdade que moitos o notan cando veñen. Séntense máis seguros, máis entre iguais. Danse conta de que non hai rechazo», explica la coordinadora, que admite que es imposible hacerse una idea del trabajo diario en el colegio hasta que no se participa de él. «Se trata de no ponernos frenos por sus limitaciones. Que se expandan lo más posible. Aquí no hay límites».
La expansión viene en todos los sentidos. Algunos chavales llegan con notorias carencias afectivas desde familias desestructuradas, incluso de centros de menores. Pero el cariño flota en el ambiente. Los alumnos se tocan y abrazan a los profesores; besan con tanta sinceridad que evocan el sabor verdadero de los besos. «El trabajo aquí es altamente satisfactorio», confirma cualquier empleado. Y son casi tantos como los alumnos. Matriculados este curso, 25; once de ellos duermen en el colegio de lunes a viernes. «Y podríamos atender a más», dice la directora.
Algunos se irán el año que viene, cuando cumplan los 21. De vuelta con sus familias, que verán cómo los avances adquiridos en el colegio se irán perdiendo sin remedio. «Es el gran problema», reconocen en el centro, que se enfrenta al drama cada año. Pero aún queda curso. De momento ensayan su obra de teatro, un reto con un alto valor terapéutico que ya han superado más de una vez. No en vano, son la comunidad sin límites.