«Yo no pensaba que esto iba a ser tan difícil»

J. Casanova

GALICIA

Hablan los hijos. Los que han regresado y los que nunca llegaron a irse«En casa se ganan muchos kilos con la cocina de mamá», dice un retornado«Es mejor que no hablemos. Mi historia es muy triste», zanja el divorciado

30 ene 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Hay de todo, pero entre el variopinto colectivo de mayores de 25 que todavía viven con sus padres, muchos prefieren no presumir de esa supuesta vida regalada en la que uno vive a plato puesto, entrando y saliendo a voluntad o desentendido del oscuro proceso a través del cual la ropa sucia viaja del cesto al cajón. La mayoría saben que sus padres, a su edad, ya les tenían a ellos o a sus hermanos mayores, mientras que el horizonte que otean no les ofrece un panorama sustancialmente distinto al actual.

Los que se fueron y han vuelto planean regresar a la vida de independencia que tuvieron. La cambiarían por esa supuesta comodidad. Sin embargo, poco a poco configuran un modelo nuevo de familia hasta extremos en que la relación de dependencia empieza a cambiar de dirección. A continuación se expresan sobre su actual forma de vida bajo la tutela de sus padres una serie de gallegos de ámbito urbano entre los que no todos esperan cambiar su estatus familiar a corto plazo. Algunos ni siquiera lo desean.

YOLANDA, MÁS DE 30, PSICOPEDAGOGA

«La única vez que viví yo sola, fui feliz»

Yolanda se ha pasado buena parte de su vida entrando y saliendo de casa. En pisos de estudiante, compartiendo una relación, estudiando y trabajando en Londres o en Canarias. Desde hace año y medio está de nuevo con sus padres. Se acabó el último curso en Escocia y no ha encontrado un empleo que le permita establecerse por su cuenta. Evoca el panorama que veía desde su pequeño apartamento de Dundee y sonríe: «En realidad fue la única vez en que estuve viviendo yo sola, porque siempre había compartido la vivienda con alguien. Fui totalmente feliz».

Como todos los que desfilarán por estas páginas, asegura que su motivación principal es encontrar un empleo. De lo suyo, porque en todos estos años ha acumulado una amplia experiencia como camarera de hotel, aunque su objetivo ahora es sacar rendimiento a su formación académica. ¿Y el regreso a casa? ¿Cómo lo vive?

-Bueno. Bien. Tiene sus momentos, aunque me está resultando un poco complicado.

Yolanda admite algunos encontronazos con su madre: «Supongo que ella también piensa que ha llegado el momento de descansar un poco». Seguro que los padres de Yolanda no preveían que, a estas alturas, sus dos hijos, con más de treinta años de edad, iban a seguir en casa: «No, no me da ningún reparo admitir que estoy en casa de mis padres -concluye Yolanda-. Espero que esta situación no se prolongue durante mucho tiempo, aunque también creo que, por otra parte, me hacía falta esta reconciliación».

JULIO, 35 AÑOS, ABOGADO

«Mis padres se sentirían mejor si viviera por mi cuenta»

Julio vivió la experiencia de estar fuera de casa durante casi diez años: la universidad dio paso a una serie de empleos que se acabaron con la bonanza económica. Y, de Granada, tuvo que volver a Galicia al refugio del hogar paterno: «Cuando has vivido fuera, se hace difícil la convivencia en casa. Ya no puedes hacer lo que hacías cuando vivías solo».

-Exactamente, ¿qué echas de menos?

Julio se lo piensa e intenta articular algún argumento que se pierde antes de llegar a su boca. Al final expone que antes se sentía más libre: «Aunque mis padres no me piden nunca explicaciones, pero, ya me entiendes, a veces me siento obligado a dárselas».

En casa son cuatro. Sus dos padres, su hermano, también por encima de los treinta, y él. Los dos chavales forman esa pareja típica de hermanos que no podrían ser más diferentes. Mientras Julio se aventuró por su cuenta, su hermano se quedó en casa. Encontró un empleo, una novia, se puso a ahorrar y ahora está a punto de dar el salto: «Sí, claro. En cuanto pueda se irá. Él tiene muy claro lo que tiene que hacer».

Entiende que su situación es un poco, como él dice, «contra natura. Cuando mi padre tenía mi edad, yo ya había cumplido 12 años». Incluso entre sus amigos del barrio, Julio se ve como un espécimen único: «Bueno, queda otro que tampoco se ha ido de casa».

En su situación de paro echa una mano con los recados, el cuidado de los abuelos y esas cosas, pero reconoce que la mayor parte de las tareas de casa las hace su madre: «Es verdad que en casa se vive con una comodidad bastante mayor. Y se ganan kilos con la cocina de mamá». El futuro lo ve «bastante negro». No piensa en su formación académica de abogado y acaba de rellenar una solicitud para trabajar en Ikea: «Me daría igual irme fuera de Galicia a trabajar». Y sobre lo que sus padres realmente sienten no se engaña: «Estoy seguro de que mis padres están contentos de que me encuentre en casa. Pero también sé que si viviera por mi cuenta se sentirían mejor. Los liberaría de una carga emocional».

CRISTINA Y THAIS, 27 AÑOS, ASESORAS LABORALES

«Es inevitable preguntarse para qué estudiamos tanto»

Son amigas y trabajan como becarias en la misma asesoría. Ambas viven con sus madres, hermanos y abuelos, en hogares de configuraciones diferentes pero donde mantienen, más o menos, el mismo rol de toda su vida: hijas económicamente dependientes, en constante proceso de formación y con empleos tan precarios que no les permiten soñar siquiera con la emancipación. «Desde luego que no me imaginaba que iba a estar con 27 años en casa de mis padres. No pensaba que esto iba a ser tan difícil», explica Cristina, muy consciente de las dificultades que la rodean y, aunque sabe que el momento será problemático -«Mi madre es viuda y pienso a veces en cómo será su vida cuando se quede sola»-, desea vivir por su cuenta: «Con mil euros y un contrato indefinido lo intentaría».

Thais, su amiga, lo mira de otro modo. Tiene novio, que también está en paro, y menos prisa por salir de casa: «No me preocupa mucho. Irme de casa no es algo que me quite el sueño. La vida ha cambiado mucho y no es comparable a lo que vivieron nuestros padres». Las dos jóvenes se enredan en una conversación sobre cuánta diferencia hay entre aquello y esto y las dificultades que hoy supone establecerse por su cuenta: «Al final es una bola que va creciendo y te encuentras en casa, sin expectativas de salir», zanja Cristina. En algo están las dos becarias perfectamente de acuerdo: «Claro. Es inevitable preguntarse para qué estudiamos tanto. Cobraríamos más como trabajadoras sin cualificar que en nuestra situación».

JAVIER. 27 AÑOS. TRABAJADOR DE LA CONSTRUCCIÓN EN PARO

«No tengo ningún interés en irme a vivir yo solo»

Antes de hablar con Javier, lo hago con Juan, otro parado que admite que vive con sus padres como consecuencia de un divorcio. No tiene tiempo, no quiere hablar, pero explica que los padres siempre están ahí y que, desde luego, no está nada cómodo con la situación. Una hija, una serie de empleos frustrados, el acoso económico permanente, las obligaciones y la casa de sus padres. Se emociona y se disculpa. «Es mejor que no hablemos. Mi historia es muy triste».

De la misma oficina de empleo sale Javier, aunque con una cara menos amarga: «Ahora hace un año que volví a casa». Javier voló del nido para iniciar una vida en común con otra mujer. Pero la experiencia fracasó y, aunque él conservaba el empleo, prefirió regresar con su familia: «Me acogieron muy bien y ahora estoy como estaba antes de irme». El hogar lo comparte con sus padres, dos hermanos y la abuela, cada uno con sus ritmos y sus horarios: «El único día que comemos todos juntos es el domingo».

En realidad, Javier no conoce la verdadera independencia. Salió de una familia a otra -«Ella tiene una niña pequeña»-. Y, según dice, no ansía alcanzarla: «No tengo ningún interés en irme a vivir yo solo». Ha comenzado otra relación. A larga distancia: «Ella vive en Murcia y yo estoy seguro de que mis padres prefieren tenerme en casa un poco más a que me vaya a vivir tan lejos».

ALMUDENA, 26 AÑOS, BIBLIOTECARIA

«Queremos muchas cosas, y viviendo sola es muy difícil tenerlas todas»

Almudena dice que no quiere foto porque es tímida: «A mí no me da vergüenza decir que vivo con mis padres. No soy tan mayor». El hogar familiar, padre, madre y dos hermanas, sigue inalterado. La menor está finalizando sus estudios en Santiago, pero Almudena cree que le espera lo mismo que a ella: becas, más formación, oposiciones y vida en casa. Ningún problema: «Nunca sentí ninguna presión para que me fuera a vivir por mi cuenta. Al contrario. Yo creo que mis padres prefieren que nos quedemos». Almudena, de todos modos, mira hacia otra vida: «Sí. Me gustaría intentarlo. Incluso vivir sola antes de hacerlo en pareja. Pero lo que tengo claro es que no voy a intentarlo con una mano delante y otra detrás». De momento, prepara una oposición y asume buena parte de las tareas de casa: «Eso de no colaborar yo creo que es más de los chicos, aunque también conozco a alguna que lo practica». Porque Almudena, que confiesa que nunca sintió falta de libertad -«Mi padre prefiere que vuelva a las siete de la mañana que a las cinco»-, conoce a muchas en su situación: «Mis amigas viven todas en casa».