La amarga canción de los inocentes

GALICIA

Gallegos acusados injustamente cuentan cómo se vive una situación en la que el mundo entero se vuelve contra ti

06 dic 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Todos eran ciudadanos normales. Como usted. Con su trabajo, sus amigos, su familia, sus inquietudes. Hasta que un mal día la Justicia llamó a su puerta para pedirles cuentas por un delito que palmariamente no habían cometido. Ahí arrancó una pesadilla de la que no pudieron zafarse y que cambió para siempre sus vidas. El caso de Diego P., el joven canario acusado injustamente de violar y asesinar a la niña Aitana no es único. Muchos gallegos, cada uno con sus singularidades, se han visto bajo la presión del sistema judicial, acusados, encarcelados, condenados en ocasiones, hasta que pudieron demostrar su inocencia. Para cuando lo consiguieron, el episodio había tenido ya en sus vidas un efecto devastador.

«Yo pensé dos veces en suicidarme. Seriamente. A mí, mi hermano me ayudó muchísimo. Sin él, ahora no estaría aquí». Es la voz de P., un gallego que no quiere más publicidad. Ya tuvo más de la que nunca hubiera deseado a cuenta de un episodio surrealista que lo estranguló durante ocho años. «El otro día -relata este hombre- iba en el coche cuando escuché la noticia de que ese chaval canario era inocente y no lo pude evitar. Comencé a llorar en el coche. Me di cuenta de que no lloraba por él, sino por mí».

Lo suyo fue una acusación de haber atracado tres bancos en puntos de Galicia en los que ni siquiera había estado nunca y una condena de nueve años. Su vinculación con el mundo de la Justicia le permitió defenderse y no pasar más de tres días en un calabozo municipal, arrastrado desde su despacho por la Guardia Civil. A partir de ahí una cadena de despropósitos que, de vez en cuando, implicaban nuevas detenciones. Cada vez que el atracador daba un golpe, la policía iba a por él. Así hasta quince veces. Para la última estaba cubierto. Un acta notarial certificaba que, mientras el atraco se producía, él estaba en el despacho de un notario en la otra punta de Galicia. Pero aquello no fue el final: «Te sientes liberado y crees que al fin se acaba todo, pero no es verdad porque tienes que vivir toda la vida con esto».

La metamorfosis

En todos aquellos años, este hombre lo fue perdiendo casi todo: compañeros de trabajo, amigos, negocio... Se perdió hasta a sí mismo: «Antes era una persona confiada, alegre, preocupada por mi entorno. Pero cuando te das cuenta de que todo el mundo está contra ti, te metes en una concha donde, al menos, te sientes protegido. Protegido pero solo». Y da igual que proclames tu inocencia: «¡Qué podía hacer! ¿Dar una rueda de prensa y decir que era inocente? ¿Quién me creería? Las cárceles están llenas de inocentes o de gente que dice serlo». Una voz que nadie oye. Con todo, lo peor para ellos fueron sus madres, sus esposas, sus hijos... «Me asustaba muchísimo imaginar qué pensarían. Aún eran pequeños, se lo expliqué y me decían «¡Menuda aventura, papá!». Pero luego estaban los colegios, el entorno... «Lo peor no es lo que los demás piensan de ti. Lo que te machaca es lo que tú crees que ellos piensan de ti», dice este hombre que, igual que todos los demás en este reportaje, se vio más de una vez frente a un espejo, pellizcándose y preguntándose: «¿Me está pasando de verdad esto?». Y lo peor es que la respuesta era sí.