...Cinco horas antes

J. C.

GALICIA

Antes de salir hacia el botellón, el grupo reflexiona sobre el fenómeno y su futuro. La primera conclusión, y obvia, es que el botellón es una alternativa nacida bajo la presión económica. «Con lo que te cuestan dos copas en un bar, te compras una botella», expone Hugo, el químico del grupo. La segunda es que el fenómeno ha trascendido de tal modo que, aunque se disponga de dinero, es necesario ir al botellón para relacionarse con la gente «porque todo el mundo va de botellón», dice Álvaro, futuro abogado. -¿Y sabéis que se está tramitando una ley para acabar con el botellón? -Bueno, a veces oyes cosas de esas, pero las consideras una utopía. Responde Álvaro de nuevo y provoca una cascada de intervenciones sobre qué se hace en Alemania o en Estados Unidos, aunque da la impresión de que se están mezclando verdades y leyendas. Sobre la presencia de menores (ellos les llaman «pequeños»), algunos dicen que eso sí les preocupa: «Yo tengo una hermana de 16 -expone Jaime, en tercero de Derecho- y no me gustaría verla aquí. Y si viene, espero que lo haga conmigo. Yo creo que para eso los hermanos somos peores que los padres». El propio Jaime admite que sus padres, con los que vive, la única precaución que le señalan cuando sale es que recoja su basura. En este grupo, nadie bebe fuera del fin de semana. «Si estoy en mi casa, lo que menos quiero es estar borracho», dice uno de ellos. «Como máximo, algún día unas cañas», matiza Jaime, aunque al final admite que puede haber algo de peligro: «Tal vez nuestra generación acabe produciendo más alcohólicos». Hasta la fecha, y ya van muchos botellones, el mayor problema que han tenido ha sido meter a alguien en un taxi para que lo llevara a su casa. Lo normal es desplazarse a pie por todas partes. Sin violencia, casi Algunos recuerdan incidentes el curso pasado, con un grupo de rumanos, dicen, que estuvieron provocando durante algunas semanas. «El sábado es más peligroso -dice Jaime- porque hay más pequeños, se ven más bullas. Pero hoy no creo que veamos nada de eso». Lo de Pozuelo les ha fastidiado por la imagen que se ha dado del botellón, pero insisten sobre la ausencia de violencia: «Ya lo verás». El problema que todos subrayan y del que se autoacusan es la descarga salvaje de basura sobre los jardines: «Si cada uno de nosotros recogiera sus cosas, todo sería más fácil. Habría menos quejas», opina Jaime. Hugo tercia y dice que la ciudad no está preparada para los botellones y Álvaro remata con una intervención ejecutiva: «Pues que la preparen, que ya se gastan un montón de dinero en auténticas tonterías». Creen que tras el acoso el botellón están los intereses de los hosteleros, cuya avaricia los hace incluso prohibir la entrada a menores de 21 porque consideran que no consumen y, sobre todo, las asociaciones de vecinos: «No van a parar hasta que desaparezca el botellón», dice uno. Pero Jaime recuerda que, tras pasar por las plazas del Humor y de Azcárraga, ahora han ido a parar a un sitio donde no molestan a nadie. «¡Botellón con educación!», resume Hugo. En su opinión, el botellón goza de una salud excelente y solo le ven un posible final: su propia edad: «Yo creo que los 25 es una edad en la que ya no deberías ir de botellón -reflexiona Jaime-. Se supone que entonces ya tienes trabajo y dinero para consumir normalmente». Si es así, a este grupo aún le quedan bastantes botellones por delante.