EL GALLEGO se extingue. El ser humano gallego, quiero decir. Y como toda especie en contumaz regresión, necesita un plan de protección. Lo tienen, por ejemplo, el lince ibérico y el oso pardo, animales ambos en los que las administraciones invierten recursos generosos para evitar que el último ejemplar de ambas especies corretee en estos momentos por el territorio ibérico. Si se pudiera calcular con exactitud el monto de las ayudas destinadas al lince y al oso, quizás nos encontraríamos con una llamativa paradoja: que un tierno cachorro de plantígrado recibe más subvenciones que las previstas para el inexistente bebé que probablemente nunca nacerá en Besarredonda, una de las muchas aldeas de Lugo con un único y solitario habitante. En Galicia -y en España- tenemos más conciencia ecológica que social. Se protegen el litoral y las aves, O Courel y O Invernadoiro, pero los políticos siguen sin asumir que la famosa sangría demográfica gallega quizás se pueda frenar con un poquito de Estado del bienestar que incentive la procreación y la llegada de inmigrantes. Galicia es una de las doce comunidades sin ayudas directas a la natalidad. Por cierto, ¿cuánto dinero lleva invertido la Xunta para evitar que se extinga el gallego? El idioma, quiero decir.